El ridículo de Malmö

Bien está que, tan deportistas como somos y tan amigos de los Juegos Olímpicos a cualquier precio, hayamos extendido al concurso de Eurovisión el bonito eslogan de que lo importante no es ganar sino competir, pero parece llegado el momento de repensarnos la participación tras el ridículo de Malmö. Aunque sea cierto que desde el “La, la, la” de Massiel, allá por el año 1968, las votaciones no nos han sido muy favorables, todo tiene un límite, también la autocomplacencia inasequible al desaliento. Convendría preguntarse por ello si vale la pena prolongar el abono a la crónica de un fracaso anunciado.

Habría que ser un forofo insensato para no saber que con la desangelada intervención de nuestros compatriotas -olvido por piedad sus nombres- el fiasco iba a ser de órdago, como efectivamente lo fue. El penúltimo lugar entre treinta y nueve países. Gracias a los ocho votos de Albania y dos de Italia logramos quedar por delante de Irlanda. Un consuelo para algunos puesto que el año 1983 fuimos los últimos en Münich con cero puntos, lo que, bien mirado, no deja de tener su mérito, o su “aquel”, que suena mejor. Pero eran otros tiempos, de modo que el cero patatero sólo sirvió para demostrar que con buena moral y las acostumbradas ayudas públicas la fiesta podía continuar sin mayor contratiempo.

Hoy la situación ha cambiado. ¿Recuerda el lector aquella canción cubana de que “llegó el capitán y mandó a parar”? Pues aquí puede que la crisis económica aconseje también que nos paremos para reflexionar sobre el dispendio de nuestros preciados euros en ese pasatiempo que se paga con el dinero de todos los españoles, pero de cuyos fracasos no responde nadie. Véase el ejemplo de Portugal que, pese a tener muchos menos parados que nosotros, ha renunciado a participar en el evento (¿se dice así?). Y la exigencia de responsabilidades es absolutamente normal en el deporte y otros espectáculos o actividades públicas.

A los malos jugadores se les pita y a los malos entrenadores, además, se les cesa. Y a los presidentes de los clubes y de las federaciones deportivas se les piden cuentas sobre su actuación en lo deportivo y en lo económico. Quiero decir que ahora, como paso previo a cualquier decisión futura, nos gustaría saber, si no es mucho pedir, cuánto nos ha costado el último ridículo y cuánto se ha embolsado cada uno de sus responsables, incluidos los que ni siquiera han tenido que cantar.

Y una advertencia última. No hay indicios, al menos por ahora, de que Iñaki Urdangarin, duque de Palma, chanchullero mayor de España y mago de las finanzas, haya cobrado un euro (o más) en la organización de estos festivales.