Los escraches, el pajar y las cerillas

El verbo “escrachar” no procede de Valladolid ni de Sevilla, sino de Argentina y Uruguay, pero figura desde hace años en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. Nada hay, pues, que objetar a su utilización también en España. Tiene dos significados. Uno, el de romper, destruir o aplastar, y otro, el de fotografiar a una persona. Vamos a quedarnos con el primero. El verbo “acosar” -castellano puro de toda la vida- cuenta en el Diccionario con tres acepciones. La primera es “perseguir, sin darle tregua ni reposo, a un animal o a una persona”. La segunda, “hacer correr al caballo” y la tercera, en sentido figurado, “perseguir, apremiar, importunar a alguien con molestias o requerimientos”. Nos interesan la segunda y tercera.

Los españoles de última generación -y en particular los políticos- somos muy dados a las elucubraciones semánticas. Y a veces -y esto es lo peor- tratamos de encubrir nuestros graves problemas con eufemismos y rebuscados vocablos. Podría escribirse un libro con los ejemplos más recientes desde, por ejemplo, las “soluciones habitacionales” de una pedante ministra. La palabra “oxímoron” fue un feliz hallazgo para los eruditos. Luego vinieron los “emprendedores”, antes meros parientes pobres de los empresarios. Algo parecido ocurrió con el adjetivo “sistémico”, que tiene la ventaja, frente a sistemático, de que casi nadie sabe lo que significa. Y la última perla ha sido bautizar a la emigración como “movilidad exterior”. La verdad es que nuestros emigrantes no se mueven como tales en el exterior, sino desde el interior de España al extranjero.

La rigurosa actualidad corresponde, sin embargo, al “escrache”, aunque el ministro del Interior prefiera la palabra “acoso”, que es más de este lado del Atlántico. Pero no estamos para perder el tiempo con los dos nombres de una misma cosa. Si acosar a alguien es perseguirle sin darle tregua o reposo, fatigarle o importunarle, mal puede haber acosos malos y buenos como sucede con el colesterol. O hay acoso o no lo hay. Existen muchas formas de acosar a una persona sin ponerle la mano encima e incluso sin insultarla. La prueba del algodón está en su finalidad: conseguir que la víctima renuncie a su independencia política para que la dejen en paz, a ella y a su familia.

Mejor es cortar de raíz estas prácticas que esperar al enfrentamiento físico con las víctimas. En España no hay, hoy por hoy, acosos similares por parte de la extrema derecha, pero puede haberlos en el futuro. Basta una mínima memoria histórica para no encender cerillas en el reseco pajar de una sociedad que no confía, ni poco ni mucho, en unos políticos a los que considera responsables de esta dramática situación con el hambre como amenaza real.

La misión del Consejo General del Poder Judicial, y en primer término la de su presidente, no es sentar doctrina en la interpretación de las leyes, sino defender la independencia de los jueces. Las peores intromisiones de la Política en la Justicia son las que vienen desde dentro, o sea, las de la misma madera. Por cierto, también los jueces y magistrados pueden ser objeto de un escrache porque sus sentencias no gusten o para que las pongan al dictado. Y algo semejante ocurriría con los miembros del Consejo General del Poder Judicial en cuanto a sus funciones. Recuérdese lo de las barbas del vecino, el café para todos y la igualdad ante la Ley.