La vergüenza torera de un presidente de la República Federal de Alemania

El sistema norteamericano de acuerdos -o enjuagues- entre la acusación y la defensa para eludir el juicio a cambio de una rebaja de la pena que pudiera imponerse se ha ido extendiendo en el derecho europeo más allá de las simples conformidades. De un lado, por la creciente recepción de principios propios del derecho procesal anglosajón, y de otro por razones puramente económicas. La víctima es, en todo caso, la Justicia.

Entre el riesgo de ser condenado a muchos años de prisión en el juicio correspondiente o conformarse con uno sólo y la casi segura suspensión provisional de la pena, ahorrando gastos al Estado y trabajo a jueces y fiscales, puede escogerse el segundo término de la alternativa como mal menor. Todo muy voluntario pero escasamente acorde con las exigencias de la Justicia y la tutela judicial efectiva. O se prueba la comisión del delito y entonces se castiga según marca la ley, o se absuelve. La confesión de los hechos bajo el temor de lo que podría suceder si el proceso siguiese adelante no ofrece muchas garantías y menos aún cuando la componenda se extiende al carpetazo en otros posibles delitos.

Se trata de prácticas legalmente previstas, con las diferencias lógicas por la diversidad de la instrucción y de la acusación, tanto en Alemania como en España, pero las actitudes de los políticos no son las mismas en un país u otro. Hace sólo unas semanas se cerró un acuerdo entre nuestros fiscales y algunos mangantes del espectro político catalán. Estos aceptaron penas no superiores a dos años de prisión por las que no habrían entrado siquiera en la cárcel si los jueces les hubieran concedido la suspensión de su ejecución según es habitual en tales casos. Otra cosa es que, bien o mal, esta vez las previsiones fallaron y los condenados habrán de cumplir sus penas en el establecimiento penitenciario que les toque en suerte. Véase ahora, como contrapunto, lo ocurrido con un político de la República Federal de Alemania llamado Christian Wulff.

Se reprocha a este señor que, siendo aún vicepresidente del Land de la Baja Sajonia, aceptó que un empresario se gastara 754 euros -ha leído bien el lector, 754 euros- durante una visita a la muniquesa Feria de Octubre. Pues bien, siendo ya presidente de la República Federal, la Fiscalía le abrió unas diligencias penales por cohecho, puesto que, al no tener gran amistad con el invitante, el empresario sólo podía buscar, y el señor Wulff debía saberlo, algún trato de favor para sus actividades. Y ahora viene lo más curioso. El Fiscal le ofrece archivar las diligencias si acepta pagar 20.000€ en concepto de Geldauflage, algo que ni siquiera es una pena. El señor expresidente contesta que gracias, pero que, si el Fiscal sigue en sus trece, él prefiere sentarse en el banquillo porque es inocente y tiene derecho a una absolución en toda regla. Igualito que aquí, donde incluso se alega la prescripción como capa de Luis Candelas para conservar el calorcillo de la presunción de inocencia.

Por lo demás, el señor Wulff dimitió de su cargo de presidente de la República Federal tan pronto como se cuestionó su honorabilidad. Otra rareza entre nosotros. Casi, comparativamente, una provocación.