Los riesgos del tancredismo político

No podemos seguir esperando a que los graves problemas que hoy padecemos en España se resuelvan como si sólo se tratase de pasajeras dolencias con fecha de caducidad. Desgraciadamente, ni siquiera la superación de la crisis económica despejaría nuestro horizonte político. Los graves escándalos de Urdangarin, Bárcenas, Gürtel y los “eres” andaluces, por citar sólo algunos ejemplos, acaparan la atención de una opinión pública que, distraída con sus protagonistas, relega a un segundo plano el fracaso absoluto de nuestro sistema educativo, las multitudinarias apologías del terrorismo en el País Vasco, la deriva separatista de partes entrañables de España y otros graves problemas en los que los nombres propios se difuminan.

Un país donde la clase política es su principal problema tras la economía y el paro, donde el prestigio de la Justicia está literalmente por los suelos y donde la propia Corona se encuentra en entredicho, necesita algo más que buenas palabras para enderezar su rumbo. No valen ni los paños calientes ni la demonización de quienes ven la realidad sin interesadas anteojeras. Ahí están los lodos que nos han traído los barros del aquí no pasa nada porque nuestro sistema financiero es el mejor del mundo. Pues ha pasado que hoy, con seis millones de parados, la búsqueda de soluciones a tantas desdichas acumuladas resulta particularmente difícil.

El tiempo se acaba. Si no se produce una regeneración encabezada por las propias instituciones y en primer término por los partidos políticos, sería estúpido lamentarse después porque el malestar social y la justiciera exigencia de responsabilidades recurran a la protesta, multitudinaria y no siempre pacífica. Habrá, sin duda, pescadores de aguas turbias, pero de la suciedad de las aguas seríamos responsables los más obligados a defender ese Estado Social y Democrático de Derecho que nuestra Constitución proclama. Lo que no significa -y dejémoslo ahí por hoy- que nuestra Carta Magna no precise de urgentes cambios, empezando por el procedimiento para su reforma- Es peligroso mantener el blindaje excesivo de un texto sobre el que no tuvieron ocasión de pronunciarse dos generaciones de españoles. Eso, sin olvidar que, por fortuna, ya no existen las servidumbres con que hubo de pechar la transición democrática tras cuarenta años de régimen franquista.

El arte de don Tancredo consistía en permanecer completamente inmóvil cuando el toro salía del chiquero. Si el hombre tenía una buena tarde, el animal no se molestaba siquiera en embestirle. Don Tancredo abandonaba el redondel entre aplausos mientras que bicho se hacía dueño del ruedo. Hasta que llegaban los toreros de verdad con la capa y la espada.