Sin mí

La candidatura de Madrid para organizar los Juegos Olímpicos en 2020 quizás cuente con grandes apoyos entre los madrileños, pero no creo que yo sea la única excepción. Estas iniciativas suelen venir de las alturas, se blindan con encuestas de poco fiar y se presentan como una muestra de la preocupación de los gobernantes por los deseos de sus gobernados. La aceptación de la candidatura por el Comité Olímpico Internacional sería un triunfo políticodeportivo con ribetes patrióticos. Y si no se consigue la elección, siempre será un timbre de gloria el haberlo intentado en serio. Tan seriamente, por cierto, como atestiguarían los millones de euros que nos habríamos gastado, entre pitos y flautas, en la fallida empresa. Fallida para el contribuyente, claro.

Ya lo hemos intentado dos veces, y no es cosa de reconocer la pérdida definitiva de lo invertido en instalaciones con elevadísimos costes de mantenimiento e infrautilizadas en el futuro “per secula seculorum”. La apuesta es peligrosa y nos dejaría en todo caso algo así como una deuda hipotecaria que pasará de padres a hijos. Un buen negocio para las empresas constructoras y algunos gremios como taxistas y hoteleros, pero no para el resto de una población machacada por los impuestos en el municipio más endeudado de España, a una distancia sideral de los que nos siguen en el escalafón.

Los vecinos de la Villa y Corte presumiríamos de haber albergado los Juegos Olímpicos, aunque sólo una minoría cambie la televisión por la presencia física en el estadio o polideportivo, no gratis, sino a un precio prohibitivo para la gran mayoría. Mucho se habla de los beneficios indirectos, pero hay muchas ciudades importantes que ni siquiera participan en el concurso, pese a no padecer una crisis económica como la nuestra. Cuando el dinero abunda, se puede gastar con cierta alegría, pero ese no es nuestro caso. Precisamente porque durante años nos hemos dado más a los festejos que al trabajo y a las inversiones productivas.

Toda esta fanfarria tiene algo de obscena en las actuales circunstancias, cuando muchos jóvenes madrileños regresan a la casa familiar para vegetar con la pensión del padre o de la abuela. Además, por decirlo todo, nos queda demasiado cerca el escandaloso enriquecimiento, delictivo o no, de una caterva de comisionistas, traficantes de influencias y, como escribió un rey sabio, “otras gentes de malvivir”. Los ciudadanos somos todavía libres en nuestros pensamientos, nuestros temores y nuestras alergias. También los alérgicos, los razonablemente alérgicos, los alérgicos a la fuerza nos merecemos un respeto.

“Sin mí” se titula un relato del escrito croata Ivo Andric, Premio Nobel de Literatura en 1961. El protagonista se permitía disentir de lo que se hacía a su alrededor y, supuestamente, en su nombre. O sea, “nemine discrepanti”