Españoles en la sucesión de Pedro

Sorprende que un país como España, que puso fin a la expansión del Islam en el este de Europa, cristianizó un nuevo continente y jugó importante papel frente al protestantismo, haya tenido tan escasa presencia en el papado. El último pontífice español fue el aragonés Pedro Martínez de Luna, que recibió el nombre de Benedicto XIII y murió el año 1423 en Peñíscola. Hoy es conocido sencillamente como el Papa Luna, aunque terminara siendo más bien un antipapa. Han transcurrido desde entonces seiscientos años.

Lástima que tampoco los anteriores papas españoles dejaran mejor recuerdo. Parece que Dámaso I, allá por el siglo IV, era español o de padres españoles, pero poco se sabe de su vida. Y luego, en el siglo XIV, vinieron los Borgia, Alfonso y su sobrino Rodrigo, o sea, Calixto III y Alejandro VI, de los que desgraciadamente –y sobre todo del segundo- poco bueno cabe decir. Ambos ascendieron al trono pontificio conforme al entonces habitual protocolo de nepotismo absoluto, presiones mundanas y chanchullos políticos. Alejandro VI puso muy alto el listón de la degradación, incluidas sus escandalosas relaciones con su hija Lucrecia, demasiado próxima también –siempre según las malas lenguas- a su hermano César.

Se comprende que, con esos antecedentes, nuestros altos dignatarios eclesiásticos no gozaran de mucho predicamento en Roma pero, aun así, llama la atención que después no haya habido siquiera nombres españoles de peso para la sucesión de Pedro. Por hablar sólo de las últimas décadas, hemos tenido, como de costumbre, una mayoría de papas italianos, Pio XII, Pablo VI, Juan Pablo I y Juan XXIII, pero también un polaco, Juan Pablo II, y un alemán, el dimitido Benedicto XVI. Entre los papables de mayor prestigio hubo cardenales canadienses, norteamericanos, brasileños, franceses, austriacos y de otras nacionalidades, como Krikor Agaia, Franz König, Leon Suenens y Bergogli. Algo que se repite en este último Cónclave con Angel Scola, Christoph Schönborn y Timothy Delan. Los nombres españoles no suenan o se pronuncian en voz muy baja.

Aunque duela, nunca viene mal aprender del pasado y del presente para saber el lugar que el catolicismo español ha ocupado y ocupa en la Iglesia Universal. La respuesta no es muy halagüeña. Menos de lo que creemos merecer, pero menos también de lo que probablemente merecemos.