Nosotros y nosotras

Decía Gottfried Keller, uno de los más relevantes escritores suizos en lengua alemana, el autor de “Siete leyendas” y de “Enrique el Verde” (no por sus disolutas costumbres sino por el color de su sempiterno abrigo), que buena parte de nuestras desdichas proviene de que con frecuencia son las personas menos adecuadas las que defienden las buenas causas, y a la inversa. Quizá ocurra lo mismo con el movimiento que postula algo tan sensato como la igualdad fundamental del hombre y la mujer. Los peores enemigos de una causa, también de las buenas, son quienes por estupidez o sectarismo transforman una respetable aspiración en su caricatura.

Desgraciadamente, la deriva hacia el ridículo se inició pronto en España. Primero, en tiempos de Felipe González, fue su esposa Carmen quien acuñó el vocablo (o vocabla) “jóvena”, y las más pintorescas ocurrencias se extendieron luego por algunas Comunidades Autónomas, Universidades de progresismo barato, un sinnúmero de agrupaciones “ad hoc” y una eclosión de observatorios y atalayas que, bien dotadas de dinero público, han confundido demasiadas veces la violencia de género (o sexo) con la gramática.

Hasta se editaron cartillas para que las futuras generaciones de españoles se sacudieran la nefasta influencia de Cervantes y otros destacados machistas. La solución de los problemas sería en ocasiones tan sencilla como sustituir la palabra ministro por “persona titular del Ministerio”, o el binomio secretario general por “personal titular de la Secretaría General”. Y así sucesivamente. Lo que no fue óbice para que el feminismo despendolado nos deleitase de cuando en cuando con alguna ingeniosa contribución por libre, o sea, fruto exclusivo de algún forofo (o forofa) iluminado (o iluminada). La ministra Bibiana Aido nos habló de “las miembras” del Gobierno, el senador Enrique Abad colocó la palabra “soldada” junto a la de soldado y Susana Díaz, secretaria de Organización del PSOE andaluz, nos informó de que habían elegido “a los mejores y las mejoras candidatos y candidatas”.

Y en eso estábamos -creyendo que no se podía superar la marca de estupideces-, hasta que hace sólo unos días el nuevo presidente del gobierno vasco, señor Urkullu, elevó un poco más el listón del esperpento. El alto dignatario introdujo en su discurso de investidura un “nosotros y nosotras” que, curiosamente, ha pasado desapercibido para los medios de comunicación. Tuve en el colegio un profesor de Lengua Española que, tal vez porque era vasco, gustaba de ponernos un ejemplo de mala concordancia vizcaína: “esta jarro tiene la pico rota”. Al final resulta que seguimos progresando adecuadamente. Como en la educación infantil.

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