El bienestar de los cefalópodos

Se atribuye a “El Gallo”, el torero, haber comentado con un “hay gente pa tó” el que hubiera personas preocupadas por la filosofía. No sabemos lo que diría si se enterase de los desvelos de la Unión Europea por el bienestar de los cefalópodos, es decir, los pulpos, calamares, jibias y chipirones. Sepa el lector que no se trata de una inocentada propia del día 28, ni tampoco de una cuestión bizantina como aquella del número de ángeles que podían posarse en la punta de un alfiler, según dicen que ocurría en la Constantinopla asediada por los turcos. El bienestar de los animales alcanzó la condición jurídica de valor de la unión Europea en el artículo 13 de su Tratado de Funcionamiento y es objeto de loable preocupación en Bruselas.

No queremos aburrir a nadie con las Directivas y Recomendaciones en curso para implementar, como ahora se dice, aquel derecho. Baste decir que el implemento, y perdón por lo mal que suena, fue en España la Ley 32/2007, de 7 de noviembre, sobre el cuidado de los animales, en su explotación, transporte, experimentación y sacrificio. Pero se han producido avances. La Directiva 2010/63/UE, del Parlamento y el Consejo, de 22 de septiembre, dispuso entre otras novedades que la anterior protección a los animales vertebrados se extendiese en adelante a ciertos invertebrados de no menor inteligencia. Sería el caso de los pulpos, por ejemplo, aunque el intelecto y la capacidad de sufrimiento no coincidan necesariamente.

Cuando nos enfrentamos con los graves problemas de millones de españoles sin empleo, la emigración forzada de jóvenes sin futuro y el empobrecimiento general del país, resulta que el Gobierno de España tiene que preparar un anteproyecto de ley que, previo informe del Pleno del Consejo de Estado y convertido ya en proyecto, será enviado para su ulterior tramitación a las Cortes Generales. Ya quisieran para sí tantos desvelos, desde Bruselas a Madrid, esos vertebrados de la especie humana que se encuentran literalmente en la calle porque perdieron para siempre su trabajo, porque quizá una diligencia de desahucio les dejó sin vivienda o porque son víctimas de ambas circunstancias a la vez.

Lo cortés no quita lo valiente, o lo uno no quita lo otro, pero no deja de sorprender tanta preocupación por los cefalópodos cuando hay gente –y no sólo en España- con un deplorable presente y un futuro todavía peor. El hecho de que el origen de la paradoja se encuentre en Bruselas no es ningún consuelo. Sólo revela hasta qué punto el engranaje burocrático de la Unión Europea funciona al margen de la acuciante realidad.

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