Corrupción con muertos

La tragedia en el recital, concierto o lo que fuera del Madrid Arena tiene con sus cinco víctimas mortales un perfil propio, pero según transcurren los días más claro resulta que volvemos a estar ante un escándalo de corrupción, algo así como otro agujero negro donde se pierden los dineros que van, como siempre, al bolsillo de personas bien vistas por unas instituciones que dan facilidades para ello.

Unas veces, porque el político o autoridad de turno desatiende sus obligaciones, entretenido en vestir el cargo con declaraciones, comidas de trabajo, viajes y otros pasatiempos perfectamente prescindibles y, por lo general, muy gravosos para el contribuyente. Otras, porque los beneficiados por el contrato administrativo, la concesión o la tolerancia son nuestros parientes, amigos y conmilitones políticos, o practican el bonito juego del hoy por ti pero mañana por mí. Otras, porque desde que los fenicios inventaron el dinero, eso de no sé cómo mostrarle mi agradecimiento ha dejado de ser problema. Y otras, porque mezclando los tres anteriores condimentos se consiguen platos tan sabrosos como alimenticios.

Sean cuales fueren los ingredientes en el lamentable episodio del Madrid Arena, una chapuza de tales dimensiones sólo se explica partiendo de un compacto entramado de responsabilidades, por activa o por pasiva, con la avaricia como aglutinador común. Se duplicó el aforo, se permitió el acceso a menores y a personas que carecían de entrada, se omitieron las más elementales precauciones en la seguridad interior y se facilitó la avalancha final haciendo la vista gorda con el macrobotellón a sus puertas. Cada asistente, los que pagaron y los que se colaron, pudieron introducir en el local lo que les vino en gana, desde drogas hasta bengalas.

Sin el escándalo del Madrid Arena, estos festejos continuarían celebrándose en iguales condiciones ante los ojos ciegos y los oídos sordos de quienes cumplían su deber con el mismo celo que el Banco de España inspeccionando a las Cajas de Ahorro. En el mejor de los casos, se cobra el sueldo y se confía en que no ocurrirá nada. La justicia española no es, a diferencia de lo que se nos decía de nuestro sistema financiero, la mejor del mundo. El tiempo corre y las responsabilidades se difuminan. Alguien, de paso, se enriquecía despachando entradas a discreción. Produce escalofríos dirigir la vista hacia atrás y pensar en esos otros muchos eventos –ahora los llaman así- donde la seguridad fue también sacrificada en aras del dinero o de la dejación de funciones. Pero nadie sabía nada ni quería saberlo. Lo imperdonable es superar el tiempo de aparcamiento o retrasarse con el recibo de la basura.

En fin, otra muestra de una corrupción generalizada: “El Bigotes”, los ERES andaluces, las andanzas de Urdangarin, el 3% ó 4% catalán, las pestilencias de los últimos gobiernos baleares, y las Cajas de Ahorro con sus políticos, sindicalistas y empresarios a dedo. Esta vez la corrupción quizás haya sido, relativamente, de baja intensidad y, como de costumbre, será difícil poner nombres propios a sus responsables políticos y penales, pero nos ha costado cinco muertos. Sólo cinco, porque pudieron haber sido muchos más. Aunque con síntomas muy diversos, la enfermedad es una y se llama cáncer.

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