Al Rey lo que es del Rey

El Rey de España es la más alta representación del Estado español y “ejerce las funciones que le atribuyen expresamente la Constitución y las leyes”. En ellas no se encuentran ni la promoción internacional de las empresas privadas ni otras gestiones que puedan empañar su imagen. Y aunque las siguientes consideraciones sean también aplicables, con los debidos matices, al presidente de una República, procede recordar las peculiaridades que concurren en un Rey. Son esas circunstancias las que explican que la persona del Rey de España sea inviolable e irresponsable en palabras del artículo 56.3 de nuestra Constitución. Bueno es recordarlo para entender mejor lo que se dirá seguidamente.

Supongo que a muchos españoles les habrá dolido, como a mí, la reciente experiencia del Rey Juan Carlos con el periódico “The New York Times”. Primero, porque no me imagino a la Reina Isabel II de Inglaterra ni tampoco al presidente de la República de Italia en semejante trance. Y después, por el grave error de pensar que esa visita influiría positivamente en la futura información del rotativo sobre los asuntos españoles. Un periódico como “The New York Times”, de bien ganado prestigio internacional, recibirá muy honrado al ilustre visitante y le oirá con el mayor respeto, pero también con cautela, por cuanto es en definitiva el mensajero de un Gobierno en apuros. Y paso por alto lo publicado después por la “Herald Tribune” sobre España, incluidas sus divagaciones sobre la vida del Rey fuera ya de su quehacer institucional.

Las equivocaciones se pagan y la de nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores, sin cuya iniciativa o apoyo nos habríamos ahorrado el disgusto, se ha cobrado un precio muy alto. El periódico neoyorquino publicaba veinticuatro horas después el quizá más duro reportaje que sobre nuestra situación económica y social ha aparecido hasta ahora en la prensa extranjera. El Rey debería haber quedado al margen de unas gestiones poco acordes con su dignidad y de resultado, en el mejor de los casos, incierto. El Rey de España está para otras cosas.

Por lo demás, no es fácil vender la “marca España” en el exterior cuando la maltratamos en nuestra propia casa. La confianza de los españoles en sus políticos es muy escasa tras años de mentiras y pronósticos fallidos. Los movimientos separatistas en Cataluña y el País Vascos (dos de sus Comunidades más ricas) se aceleran. Tenemos la mayor tasa de paro de todo el mundo y la corrupción se ha extendido por todo el país como la consabida mancha de aceite. Enviar al Rey a promocionar la “marca España” en tales condiciones fue una temeridad por la que alguien debería dar explicaciones públicas.

Pero los daños de esta gira estadounidense no acaban ahí. La visita del presidente del Gobierno al “Washington Post”, coincidente con la millonaria manifestación separatista de Barcelona, fue otro fiasco que no se arregla llamando “algarabía” a lo ocurrido. Sobraba seguir apoyando a esa fantasmal Alianza de Civilizaciones que pagamos en su mayor parte los contribuyentes españoles. La cansina reivindicación de la soberanía de Gibraltar puede interpretarse en las actuales condiciones como el intento de desviar la atención de nuestros asuntos internos. Nos queda la aspiración a un puesto temporal en el Consejo de las Naciones Unidas. Demasiado poco para tanto viaje. Y para tantos gastos.