¿Habrá rescate?

El PP no llegó al poder por méritos propios, sino por el rotundo fracaso del PSOE frente a una crisis económica -y no sólo económica- cuya propia existencia había negado con temeridad manifiesta. Hubo, pues, un suspiro de alivio cuando Mariano Rajoy se hizo con las riendas del Gobierno de España. Ni siquiera el incumplimiento de muchas de sus promesas electorales, unas veces con explicaciones razonables pero otras con pueriles pretextos, le ha quitado hasta ahora el amplio apoyo de una ciudadanía consciente de que, desacreditados los dos grandes partidos nacionales, no se divisa alternativa alguna en nuestro horizonte político.

La realidad es, sin embargo, lo suficientemente tozuda como para acabar venciendo todo voluntarismo de signo contrario. Seguimos remoloneando con los deberes más gravosos mientras la situación empeora progresivamente. Así lo revelan las prima de riesgo de nuestra deuda pública y el IBEX 25. Hay altibajos, pero la tendencia está marcada por la brecha abierta entre las palabras y los hechos. No es casualidad que Mariano Rajoy, líder del partido que obtuvo la mayoría absoluta en las últimas elecciones generales, haya sido desplazado hasta el puesto diez o doce en las encuestas sobre las preferencias de los españoles, muy por detrás de algunos dirigentes de otros partidos e incluso del propio PP. La opinión pública, pese a mantener su confianza en el partido gobernante, no lo tiene tan claro con el presidente.

Cabe entender, aunque no sea fácil, que el incumplimiento del programa electoral responda a la ignorancia plena respecto a la cuantía de nuestras deudas públicas y privadas. Lo ocurrido en la Comunidad de Valencia y en Castilla-La Mancha, más lo que se cocía en muchas Cajas de Ahorro, empezando por la de Madrid, habrían bastado para sospechar el alcance de nuestra crisis económica. Pero más difícil es explicar que algunas reformas urgentes se aplazaran hasta después de las elecciones andaluzas para, presumiblemente, evitar posibles efectos negativos entre los votantes.

En el capítulo de la creciente desconfianza hacia la gestión de nuestro Gobierno merece destacarse el lenguaje utilizado por su presidente para explicar -o mejor, no explicar- sus decisiones más discutibles. Mariano Rajoy gusta de una oratoria gramaticalmente correcta pero excesivamente nebulosa, dicho sea con el mayor respeto. Además, como José Oneto ha denunciado en estas mismas páginas, su discurso recuerda a veces al método Ollendorf. Lejos del “sí o no, como Cristo nos enseña”, las intervenciones presidenciales desorientan al personal con sus escarceos por los cerros de Úbeda.

Y así, entre medias verdades (o mentiras), bellas palabras para el consumo interno y el dejar para mañana lo que deberíamos hacer hoy, vamos asumiendo la idea de que el rescate total o parcial, duro o blando, preventivo o definitivo, es, con permiso de Jorge Manrique, como la mar donde van a parar los ríos de nuestras muchas ensoñaciones. Todos sabemos, salvo los ciegos voluntarios, que gastamos más de lo que ingresamos. O sea, que incluso servicios tan esenciales como la sanidad y la educación públicas se costean gracias al crédito. Y el prójimo es muy libre de prestar su dinero a quien le plazca en defensa de sus legítimos intereses. No tiene mucho sentido que precisamente quienes tan mal hemos administrado nuestras finanzas nos empeños ahora en aleccionar a los mercados sobre sus mejores inversiones. Estas redundarían, por una rara casualidad, en provecho de los consejeros.

España padece un déficit de credibilidad que, por desgracia, desborda el ámbito estrictamente económico. Ahí está el escándalo Urdangarin como radiografía de la corrupción nacional. No se trata tanto de las circunstancias familiares de su protagonista como de la complacencia con que se le entregaban los dineros públicos sin control alguno. Ahí están los aeropuertos que nunca tendrán viajeros pero que ya han cumplido su finalidad inmediata, enriqueciendo a los de siempre y por los medios de siempre: recalificación de terrenos, privilegiados créditos de la correspondiente Caja de Ahorros y contratas de, en demasiadas ocasiones, escasa transparencia. Ahí están los ERES andaluces y las sociedades que gestionaban -y seguramente seguirán gestionando- a buen precio unas ayudas y subvenciones de la Junta con evidente querencia hacia los bolsillos de paniaguados, parientes, compañeros o amigos. Y ahí estaban los cuatro convoyes diarios del AVE que trasportaban por tierras manchegas una media de diez pasajeros en total. Increíble, pero recogido en los medios de comunicación sin desmentido alguno.

El mejor remedio para combatir esos males y otros muchos que dejo en el tintero es la regeneración social, pero aquí y ahora, en la vertiente estrictamente económica del problema, el Estado sólo dispone de dos mecanismos para equilibrar su presupuesto: el aumento de ingresos, por la vía de los impuestos fundamentalmente, y la diminución de gastos, empezando por los superfluos, tan ligados a veces con la corrupción. Sucede, sin embargo, que, mientras las últimas alzas del IVA y el IRPF, por ejemplo, no dan para más, el Gobierno no se decide a reformar las Administraciones, prescindir de las empresas públicas que operan a pura pérdida, eliminar los escandalosos enjambres de asesores o consejeros a dedo y evitar costosos solapamientos de funciones.

La “troika” europea y los mercados desconfían de unas promesas largamente incumplidas. No habrá dinero si no es con la seguridad de que haremos los deberes precisos para superar la crisis y pagar las deudas. La señora Merkel se lo ha dicho a Mariano Rajoy con toda claridad. Parece que ese rescate -descartado hasta ayer mismo por la propaganda oficial española- llegará pronto, obligándonos a aprobar la asignatura pendiente de todos los sacrificios indispensables para evitar la bancarrota del Estado, de sus Comunidades y de la inmensa mayoría de sus ciudadanos.

Quizá yerre Dolores de Cospedal cuando declara que la prima de riesgo baja porque estamos haciendo las reformas que nuestra situación demanda. Pero puede que la realidad sea muy otra puesto que ninguna reforma se ha hecho o anunciado estos últimos días. Tal vez la prima de riesgo disminuya por la sencilla razón de que el rescate, ahora más que probable, garantizaría que hiciésemos las todavía pendientes. El rescate sólo sería la consecuencia de no haberse hecho todas las reformas a su debido tiempo.

P.D. Para ilustrar lo dicho sobre el método Ollendorf nada mejor que la entrevista del presidente del Gobierno en Televisión española hace veinticuatro horas aproximadamente.