La visita del Rey a Algeciras

Afirmaba nuestro ministro de Asuntos Exteriores que la reciente visita del Rey Juan Carlos a Algeciras sería un acierto. La verdad es que no podía decir otra cosa. Nuestro Monarca nunca daría tal paso, y menos en las actuales circunstancias, sin contar con el beneplácito del Gobierno. Puede, sin embargo, que algunos ciudadanos no compartan la oportunidad de tal viaje precisamente en estos momentos. Nuestra política con Gibraltar ha cosechado más fracasos que aciertos durante tres siglos, lo que no obsta para que cada decisión fuera la correcta para quien la adoptó, naturalmente.

La cosa tendría menos importancia si el viaje hubiera sido planificado desde mucho antes de conocerse que los condes de Essex celebrarían en el Peñón el jubileo de Isabel II, pero también se nos ha presentado la visita real a Algeciras como una réplica a los fastos en la Colonia y como manifestación de apoyo a los pesqueros españoles expulsados de nuestras propias aguas territoriales por la policía marítima gibraltareña Y ese habría sido el error. Los jugadores de ajedrez saben que el rey no debe asumir el papel de los peones, alfiles, caballos y torres.

Con visita real o no, el Reino Unido solo tolerará que los españoles faenemos en aquellas aguas si antes les pedimos permiso o consentimiento. Eso significa que cuanto pueda hacerse a favor de nuestros pescadores pasa por la mesa de negociaciones. Los ingleses son, sencillamente, más fuertes que nosotros. El Rey se ha dirigido a los perjudicados con un contundente “seguid pescando sin problemas, ya que para eso está la Guardia Civil”. Sin embargo -y dicho sea con todos los respetos- la Guardia Civil no puede resolver a nuestro favor una cuestión de soberanía, ni tampoco puede garantizar que nuestros barcos de pesca continúen sus faenas cuando la policía de la Roca se apresta a impedirlas con una patrullera británica a media milla de distancia. Es obvio, por fortuna, que nadie quiere un incidente de consecuencias impredecibles.

Conviene aprender del pasado, dosificar mejor los inútiles gestos de dignidad ofendida y preguntarse si la partida por la recuperación de Gibraltar ha de seguir jugándose en tableros donde siempre llevamos las de perder. La visita del Rey Juan Carlos a Algeciras no habrá contribuido en lo más mínimo a mejorar la suerte de nuestros pescadores en esas aguas, ni la de los españoles obligados a trabajar en la Roca porque no pueden hacerlo en su patria. Y, de otro lado, quizá haya sido excesivo responder a la presencia de un simple nieto de Isabel II con un viaje del Rey de España a la ciudad española de Algeciras.

1 comentario
  1. Chesmaloli says:

    Ni tiene vergüenza ni sabe de qué color es.
    Y el juguetito, se lo dan gratis de los presupuestos del Congreso que pagamos todos.

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