El rescate

El Gobierno de Rajoy corre el riesgo de parecerse cada vez más al de su antecesor Rodríguez Zapatero. Sus declaraciones contradictorias y las de otras relevantes figuras del PP deterioran la confianza en un proyecto serio para sacarnos de la crisis. Se actúa tarde y con excesivos globos sondas, ocurrencias y parches. No es que nuestros gobernantes comuniquen mal, sino que mal pueden hacerlo en estas circunstancias.

Se ha mentido tanto o, en el mejor de los casos, se ha pronosticado tan mal –o las dos cosas simultáneamente y desde hace tanto tiempo- que bueno hubiera sido apostar siempre por lo contrario. Eso explica la discrepancia entre la opinión pública española, deseosa de creer lo que se le decía, y el comportamiento de los perversos mercados internacionales, más proclives a valorar la realidad que a dar por buenas las bellas palabras de aquellos con quienes se juegan sus dineros.

Desde el mejor sistema financiero del mundo, la construcción de aceras, el reparto de bombillas de bajo consumo, el antipatriotismo de los escépticos y el primaveral camelo de los brotes verdes –conviene no olvidar los orígenes del desastre- hemos llegado a un rescate bancario para prevenir la intervención sin paliativos. Al enorme peso de la herencia recibida se sumó finalmente el escándalo de Bankia, que ha sido gestionado, según un cualificado dirigente europeo, del peor modo posible. Y alguna Comunidad Autónoma regida por la gaviota se encuentra entre las más endeudadas de España. El entonces presidente Rodríguez Zapatero se vio obligado en veinticuatro horas a decir digo donde había dicho Diego. Rajoy, con semblante serio y actitud tajante, aseguró el 28 de mayo que no habría ningún rescate de la banca. Lo ha habido, sin embargo, y su credibilidad acusará el golpe.

Volvemos a jugar con la gramática para evitar las palabras nefandas. Antes era políticamente incorrecto hablar de crisis y ahora debe eludirse el vocablo “rescate”, incluso con el adjetivo “bancario” a continuación. Nos entretenemos de nuevo con lo de si los perros son galgos o podencos, cuando los canes y los hombres de negro ya están aquí. Nuestro rescate es más “light”, sobre todo formalmente, que los de Grecia, Irlanda y Portugal, pero habrá una mayor vigilancia de la troika europea y habremos de cumplir los deberes que directa o indirectamente se nos impongan. El dinero no lo recibe el Estado sino nuestro Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria (FROP), que luego lo distribuirá entre los bancos y cajas que lo requieran en función de sus necesidades de capital. La garantía última de su devolución recae sobre el Estado como deuda pública de la que responderíamos –o responderemos- todos los españoles.

Aunque nuestro particular rescate sea un mal menor frente a la intervención del Estado, sorprende que se celebre como un gran triunfo lo que, en definitiva, es el reconocimiento de nuestra incapacidad para recapitalizar la banca española con nuestros propios medios. Aquella solvencia proclamada “urbi et orbe” se ha revelado como una falacia más de las muchas puestas en circulación confiando en la fe del carbonero mal informado. Y si el rescate es tan bueno, nos gustaría saber por qué no lo solicitamos tiempo atrás, por qué los mercados y la prima de riesgo no parecen verlo así, y por qué Durao Barroso, Presidente de la Comisión Europea, se vanagloria de habernos convencido para pedir ayuda. La enhorabuena de Su Majestad se nos antoja un poco exagerada, quizá porque no nos gustan las manifestaciones de autocomplacencia para el consumo interno.

Menos mal que el rescate nos ha traído una palabra desconocida hasta ahora en el Diccionario y en el uso normal de nuestra lengua común. Es la “condicionalidad”, empleada por Rajoy en su tardía intervención pública y asumida de inmediato en la réplica de Pérez Rubalcaba. Todo un hallazgo que remozará el castellano mucho más que el uso y abuso de otros vocablos muy de actualidad pero de antiguo cuño: oxímoron, sistémico e implosión, por ejemplo.

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