Los copagos farmacéuticos

Lo normal hasta ahora era que el valor del dinero fuese objetivo en el sentido de no depender de la situación económica de su poseedor. En principio, todo le costaba lo mismo al rico que al pobre. E igual ocurría con los servicios públicos. Para eso los ricos ya habían contribuido en mayor medida a su sostenimiento por la vía de los impuestos, particularmente de los directos, mientras que otros ciudadanos, en el extremo opuesto, no sabían siquiera lo que era el IRPF. Pero la configuración del copago farmacéutico que se nos avecina –y mañana pueden añadirse otros- se basa en el dinero de varias velocidades, o valores, por razones subjetivas.

Una cosa son las becas de estudios para quienes acrediten puntualmente su escasez de medios, o la de sus padres, y otra muy distinta que el precio de las matrículas, las atenciones médicas, las medicinas o las certificaciones del catastro dependa del previo encasillamiento de los usuarios en diferentes categorías: muy ricos, ricos a secas, medio pobres, pobres o pobres de solemnidad. Un sistema aplicable también a cualquier otro desembolso relacionado con lo que no es estrictamente público pero disfruta de alguna subvención oficial. Desde la RENFE o el metro a determinados museos, teatros o salas de concierto.

Por ese camino, y para simplificar la aplicación del invento, habría de añadirse al DNI una casilla con tan importante dato. O si no, expedir por separado la acreditación correspondiente. El enfermo la exhibiría en la farmacia para que el mancebo comprobase su vigencia, anotase la numeración y le cobrase el importe debido. La clasificación del vecino sería después la comidilla del barrio y animaría las reuniones de su comunidad de propietarios. Por no hablar del sacrificio de la intimidad en el altar de la economía, que suena como más rimbombante pero no hay que echar en saco roto.

Desgraciadamente, dicha catalogación económica estaría sometida a revisión continua, sobre todo en esta época de crisis, porque quien ingresaba un buen sueldo ayer quizá se encuentre hoy en las listas del paro. Pero es que, metidos en este berenjenal de justicia social al por menor para completar la función correctora de los impuestos, habría que atender también al patrimonio y a las obligaciones familiares. Tarea bastante difícil para un país con un veinticinco o treinta por ciento de economía sumergida, cuyos beneficiarios volverán a serlo ahora por partida doble.

Esta clasificación falsa de toda falsedad cargará de nuevo sobre los ciudadanos de bien controladas nóminas –o sea, los de siempre, los que ya vienen pagando esos servicios con sus impuestos- otra parcelita del coste de la crisis. Nadie discute la existencia de un abuso generalizado en los servicios públicos, pero el copago igual para todos podría ser una solución menos mala que el complicado y costoso sistema que se nos anuncia y que tampoco es precisamente justo. Existen, además, otras vías mucho más eficaces para combatir el despilfarro, aunque tropiecen con intereses más poderosos que los del pensionista o el indefenso asalariado de a pie. Las cuerdas siguen rompiéndose, como de costumbre, por su punto más débil.

3 comentarios
  1. Jesús G. Mingorance says:

    Melchor, te apuesto una comida a que no van a nombrar ni a Esperanza ni a Gonzalez. Esto desencadenará, si sucede, una gestora en Madrid con un mirlo blanco que la presida. Quién puede ser?

    • Gozaimasu says:

      Alguien de Prisa seguro... Como Mariano y Soraya.
      Uno que se plegue al nacionalismo catalán.

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