La última aparición de Felipe González

A Felipe González le gusta aparecer de vez en cuando ante la opinión pública –o el mundo mundial- para sentar cátedra sobre los grandes problemas nacionales e internacionales. Ahora ha escogido una cuestión que reúne ambas características, porque el rescate de España no nos afectaría exclusivamente a nosotros. O sea, que hasta ahí hay que estarle agradecido. Lástima, sin embargo, que al impartir sus enseñanzas tenga que fruncir el ceño y mostrar una cierta agresividad, como si todavía no nos hubiese perdonado que años atrás decidiéramos prescindir de sus servicios en el Gobierno de España. La verdad es que podríamos ahorrarnos el “como sí”. Aunque no venga muy a cuento, aprovecha cualquier oportunidad para retomar el tema de los GAL y de la corrupción de FILESA y compañía. Luego, como quien sigue un guión, ataca a los Jueces del Tribunal Supremo por la condena de aquellos estrechos colaboradores suyos contra los que nunca habría pruebas, pero las hubo. Y así contribuye, paradójicamente, al recuerdo de los episodios más negros de una gobernanza durante la que tampoco faltaron meritorios logros.

En fin, volvamos al posible, imposible, probable o improbable rescate de España, puesto que los brotes verdes que decía ver la entonces ministra Salgado no eran de mies sino de malas hierbas. Asegura Felipe González que no habrá rescate porque no lo puede haber, y punto. No son esas sus palabras exactas pero, según los exégetas, querría explicarnos que somos un país demasiado grande como para responder al mismo tratamiento de Irlanda, Grecia o Portugal, cuyo peso económico en la eurozona es bastante menor que el nuestro. Lo malo es que eso puede no ser una razón para la alegría, sino para todo lo contrario.

Sería de agradecer que, más pronto que tarde, ese mismo oráculo nos despejara la incertidumbre sobre lo que ocurriría si, dándose ya las condiciones del rescate, nos quedáramos sin aquel remedio extremo. Seríamos un enfermo al que ya ni siquiera cabría aplicar la única cura prevista por la ciencia médica. Y es el caso que, mientras nos entretenemos con las huelgas y la bonita adivinanza de los galgos y podencos, el paciente empeora a ojos vista. ¿Suspenderíamos pagos? ¿Nos echarían del euro? Y después ¿qué?

Uno, que no es especialista en la materia, se guardará muy mucho de hacer pronósticos, pero teme que el plan B, si lo hubiera, no consistirá nunca en mantenernos conectados indefinidamente a esos costosos artilugios que alargan la vida del desahuciado. Me conformo con señalar que alguien nos debe una explicación por habernos llevado al desastre entre la mentira y el despilfarro. Como a pardillos fácilmente manipulables por la todopoderosa propaganda oficial. O, en versión más erudita, como a los corderos de Panurgo, condenados a ser conducidos eternamente.

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