La deplorable defensa extraprocesal del Duque de Palma

El asunto Urdangarin es lo suficientemente serio como para que no lo agraven aún más las inoportunas declaraciones de algunas personas tan bien intencionadas como torpes. Ahí está, en primer lugar, su abogado defensor, que parece actuar a la vez como una especie de portavoz de la familia -¿de qué familia?- ante los medios de comunicación. Nadie pone en duda sus méritos profesionales, pero en el terreno de las relaciones públicas deja mucho que desear.

Podría limitarse a decir que en el procedimiento penal resplandecerá la inocencia de su defendido, aunque eso sea, en boca del abogado defensor, poco más que una cláusula de estilo. Incluso se entendería el socorrido recordatorio de la presunción de inocencia. Socorrido, porque hay conductas socialmente rechazables que no se tipifican en el Código Penal y también porque hay delitos que no se persiguen siquiera, así cuando han prescrito, y en todo caso porque la sociedad tiene derecho a formarse su propia opinión de un personaje público sin esperar a que, quizá muchos años después, los jueces le condenen o absuelvan (si no se ha muerto antes). Hasta ahí, en líneas generales, nada habría que objetar.

Lo equivocado es minimizar los hechos con el argumento de que si se hubiera incurrido en algún error se pediría perdón. Con eso, aquí paz y después gloria. Pero no estamos hablando de daños en un accidente de tráfico por la posible imprudencia del conductor en un momento determinado, sino de ingentes cantidades de dineros que habrían acabado, a través de muy variadas componendas delictivas, en los bolsillos de quien no hubiera podido enriquecerse así si no fuera por determinadas circunstancias que no es preciso detallar.

Esas manifestaciones públicas tienen algo de torpe provocación cuando la crisis ahoga a millones –he escrito millones- de familias españolas, cuando se manejan cifras inimaginables para la inmensa mayoría de los ciudadanos y cuando hay penados, y también presos preventivos, que están en la cárcel por robar unos euros. El reconocimiento de culpa sólo puede servir, a lo sumo, para atenuar la pena.

Y si además resulta –como resulta- que el señor letrado se expresa en un castellano deplorable, pues peor todavía. A propósito de unas recientes imágenes del Duque de Palma corriendo por las calles de Washington para huir de una periodista, nos dice que su defendido trataba de proteger a sus hijos porque quiere “que en este momento puedan ser lo menos fotografiados posible”. Si la expresión es cierta como recoge la prensa, es de lamentar que su autor no hubiera permanecido callado.