¿Por qué no te callas?

Cuando se repasa la lista de estupideces, insidias y frases huecas vertidas por algunos de nuestros altos dignatarios en relación con la Justicia, sobre todo en el ámbito penal, resulta imposible no recordar la pregunta que el rey Juan Carlos dirigió al presidente Chávez en ocasión memorable: ¿Por qué no te callas? No por su frecuencia deja de ser lamentable la extendida práctica de arremeter contra la Justicia, o contra los Jueces, siempre que pintan bastos para un compañero de partido, camarada, comilitón o amigo. Y nada hay que decir si el caso nos puede salpicar personalmente.

Los jueces que osaron investigar los crímenes del GAL y la corrupta trama de las “filesas”, burdas tapaderas para engordar las arcas del partido político en el gobierno, fueron calificados de descerebrados (sic) por quien al parecer no se había enterado de nada, excepto de la inocencia de sus subordinados que acabaron en la cárcel. Y eso pese a contar con decenas de miles de policías y los servicios especializados del entonces CESID. Aunque aquello ocurrió hace tiempo, conviene recordarlo en aras de la memoria histórica y porque difícilmente se podrá superar un intento tan burdo desactivar al Poder Judicial con la poderosa artillería del Ejecutivo.

Una reacción así no ha vuelto a repetirse. Ha habido después, y sigue habiendo, heterodoxas maniobras para apartar a algún juez del conocimiento de determinados hechos, pero se guardan las formas y hasta suelen repetirse las afirmaciones, perfectamente prescindibles, sobre la confianza en la Justicia y el acatamiento de sus sentencias. Los casos del bar Faisán y de la pestilencia en Baleares, Valencia y Andalucía continúan su curso con una cierta normalidad y sin groseros ataques a las personas de los juzgadores. Entre las excepciones destaca un comentario de doble sentido contra la jueza sevillana de los ERE y otros malolientes asuntos. Nada de particular conociendo a su autor.

Lástima que en los últimos días hayamos tenido que oír de boca de doña Carme Chacón, quizá Carmela en Olula del Río, lideresa del PSC, antigua ministra de Defensa en el Gobierno de Rodríguez Zapatero, aspirante a la Secretaría General del PSOE y pretendida renovadora del mismo, una versión actualizada de las viejas cantinelas. Asegura “urbi et orbe” esta señora que se persigue al juez Garzón por haber luchado contra la corrupción. Mejor hubiera estado callada. El señor Garzón se sienta en el banquillo por la posible realización de actos constitutivos de delito. Lo que resta del Tribunal Supremo después de tantas recusaciones cumplirá con su obligación, juzgando hechos y no personas. Como sabe cualquier persona mínimamente versada en Derecho penal, importan la tipicidad de una conducta concreta y la culpabilidad del autor, no los méritos o deméritos políticos del justiciable.

La señora Chacón puede replicar que sin el caso Gürtel nos habríamos ahorrado estos tres juicios, porque ni los supuestos hechos se hubieran producido ni habría acusaciones particulares. Pero eso sería tomarnos por tontos. Nadie proclama a los cuatro vientos lo que es obvio. A menos que de ese modo quiera expresar el temor –se supone que fundado por venir de persona tan cualificada- de que los jueces no son siempre de fiar. Se trataría de un apoyo colateral y un poco descafeinado a la campaña orquestada por quienes pretenden aleccionar al Tribunal Supremo sobre lo que debe hacer en cada caso.

Produce escalofríos ver a personajes públicos como Pilar Bardem y Almodóvar protestando porque nuestro Tribunal Supremo se tome en serio el Estado de Derecho. Precisamente, el que no existe en esos países de sus amores, donde la división de Poderes, la igualdad ante la ley y la independencia de los Tribunales siempre brilló o brilla por su ausencia, desde la Unión Soviética a Corea del Norte. Una representación escénica entre la desvergüenza y el cinismo.

Me alegraría que el juez Garzón, que ha tenido actuaciones muy positivas a lo largo de su carrera, fuera absuelto de todas las acusaciones, pero al Tribunal Supremo –y no a los abajofirmantes de turno con espectáculo callejero incluido- le corresponde decir la última palabra en un fallo conforme a lo prescrito en nuestro ordenamiento jurídico. Mientras tanto, no sería mucho pedir que los enterradores de Montesquieu se abstuvieran de recordarnos su muerte siempre que se les presenta la oportunidad de hacerlo. Y además, a bombo y platillo.

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