Elogio de Frau Merkel

La señora Merkel se ha convertido, casi sin querer, en la mujer más poderosa de Europa. Algo sorprendente si se recuerdan los titubeos con que venía enfrentándose a una crisis económica que se extiende a lo largo y ancho de la Unión Europea pero que no ha afectado por igual a todos sus países miembros. Poco en común tiene la situación en Alemania o Finlandia con la de Grecia o Portugal, por no mencionar la cuerda en nuestra particular casa del ahorcado. Esto recuerda el viejo cuento de los cerditos, aunque lo de los “pigs” sea una casualidad, que a lo peor no lo es. Llegaron los vientos y volaron los techos y las paredes de sus endebles casitas, mientras que resistieron bien las construcciones sólidas. Ya se sabe que a la orilla del Mediterráneo somos más ligeros que los bárbaros del Centro o del Norte de Europa. Desde la música a la cocina todo es distinto cuando calienta el sol.

Pero hablábamos de la señora Merkel, hija de un pastor evangélico en un pueblecito de la vieja República Democrática Alemana, magnífica estudiante, doctora en alguna ciencia física o química, poco dada a llamar la atención, casada con otro científico por el estilo, buena conocedora del partido dirigido en su día por Helmut Kohl, cuando ella hizo sus primeros pinitos sin excesivas concesiones a la opinión del jefe. La misma Frau Merkel que a sus seis años de canciller de Alemania empezaba a sufrir un doble desgaste por su coalición con el progresivamente capitidisminuido partido liberal y por sus contradicciones ante la crisis económica europea. Y la misma también que durante las últimas semanas ha remontado el vuelo tanto en el aprecio de sus conciudadanos como en su valoración internacional.

Puede que la señora Merkel se haya ganado un puesto en la Historia de Europa a la altura de Adenauer, artífice de la nueva Alemania, o de Helmuth Kohl, protagonista de la Reunificación. Se trata de superar la crisis dejando bien puestas las agujas hacia una Europa federal o confederal, que pasa necesariamente por su unión financiera. La cumbre de Bruselas es un hito en esa dirección. Con la excepción del Reino Unido, y sólo quizá la de Dinamarca, los restantes países de la Unión Europea se han solidarizado con el euro y han reconocido que su defensa requiere un compromiso común en materia fiscal y de estabilidad. Y eso contribuirá eficazmente a allanar el camino para una más estrecha alianza política.

François Mitterrand quiso compensar la reunificación alemana con la disolución del marco alemán en el euro, pero las realidades tienen una fuerte dinámica. Alemania es hoy la mayor potencia del Viejo Continente y la que mejor ha capeado la crisis. Resulta natural que en ella recaiga el liderazgo para superarla. Aquí no hay ningún maquiavélico plan para “alemanizar” Europa o hacer del alemán la lengua vehicular –como dirían en Cataluña- de la eurozona. Frau Merkel se ha limitado a actuar, y parece que ahora con mano firme, como exigen las circunstancias. Dejémonos de tópicos facilones. La Alemania del siglo XXI, trabajadora y democrática es, por encima de todo, un ejemplo a seguir. Bastante peor estaríamos si no existiera.

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