El nuevo Gobierno

El nuevo Gobierno ha sido bastante bien recibido en España y en el extranjero. Hay datos objetivos que no dependen de la adscripción ideológica de los opinantes, por lo que al menos en esos puntos estamos todos de acuerdo. La pertenencia a la Abogacía del Estado, por ejemplo, garantiza que algún conocimiento se tiene sobre lo que sea el Derecho, cosa que no puede predicarse de todos los ministros (o ministras) del equipo saliente. Un gran partido debe disponer, y así ocurre realmente, de personas que, además de la identificación con su ideario político, posean una sólida formación profesional para que sus méritos no empiecen y acaben en la fidelidad al gran líder de turno.

Un doctor en Economía o Ciencias Empresariales por una prestigiosa Universidad norteamericana merece más confianza en una Cartera relacionada con dichas materias que un simple bachiller (o bachillera) cuya formación posterior se reduce a su paso por eso de las nuevas generaciones azules, rojas o del arco iris. Quien todo se lo debe al jefe, desde la buena soldada a los honores públicos, se lo pensará dos veces antes de llevarle la contraria y, muy probablemente, guardará discreto silencio. Fuera de ese círculo de poder hace mucho frío y se le valorará –si es que aún resta algo que valorar- por lo que en realidad sea, como sucede con el común de los mortales. Uno se fía más del que está en la política perdiendo dinero y puede despedirse sin menoscabo de sus ingresos que de quienes no tienen otra opción que aferrarse al puesto graciosamente obtenido en la gobernanza del país.

Los nuevos ministros salen a dos carreras por cabeza, lo que no constituye obstáculo alguno para que puedan ser también buenos políticos. Entre las causas que han llevado a la espectacular derrota del PSOE en las últimas elecciones hay una que quizá tenga mucho que ver con las estupideces acuñadas en la anterior legislatura por algunos ministros (o, en este caso, ministras) de peso específico más bien liviano. Como si trataran de compensar sus escasos méritos con ingeniosas ocurrencias que harían olvidar su triste condición de beneficiados por un sistema de cuotas puesto al servicio del amiguismo.

Una ministra de Igualdad, antigua dirigente de asuntos folklóricos en la Junta de Andalucía, asombró a los biólogos, médicos y filósofos de todo el mundo con el descubrimiento de que el feto humano no era un ser humano. Otra se lució en astronomía anunciando la conjunción planetaria entre los grandes astros Obama y Rodríguez Zapatero. Y una tercera enriqueció nuestro idioma con el descubrimiento de las “miembras” del Gobierno, toda una lección para los obsoletos componentes (o componentas) de nuestra Real Academia de la Lengua. Basten estos botones de muestra en una larga lista cuya reproducción íntegra exigiría mucho más espacio del ahora disponible.

El nuevo Gobierno cuenta con cuatro ministras, una de las cuales es además su vicepresidente (o vicepresidenta). Sus currículos nada tienen que envidiar al de sus colegas masculinos. Como debe ser, porque no nos interesa la anatomía por debajo de la cintura. Así, con un poco de suerte, dejaremos de oír algunas estupideces con marca registrada: estupideces del Gobierno de España.

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