La falsa alternativa entre capitalismo y socialismo

Nos acercamos a unas elecciones generales en las que volveremos a plantear la vieja alterativa entre capitalismo y socialismo, olvidando que no se trata de conceptos opuestos, ya que uno y otro se mueven en planos diferentes. El capitalismo es un régimen económico para la creación de riqueza, mientras que el socialismo constituye todo un sistema de organización social, de modo que sus propuestas económicas sólo son, aunque relevantes, una parte del mismo. Con otras palabras, el capitalismo, a diferencia del socialismo, no pretende ser, al menos en principio, una ideología sobre la ordenada convivencia de los hombres.

El capitalismo se adelantó al socialismo hasta el extremo de que la discusión sobre este no se entiende sin el análisis previo de aquel. El capitalismo rompió con el orden social preexistente y permitió una producción de bienes inimaginable hasta entonces, pero al precio de un riesgo más o menos materializado después en los diferentes países: el de extrapolar al plano social unos valores propios del económico. En todo caso, la nueva burguesía impulsó la democracia liberal y luego el socialismo luchó por extender las libertades a todos los ámbitos de la vida colectiva. Al decir de las izquierdas, sin ese desarrollo sólo habría una democracia burguesa y formal.

Hoy, fracasados el “socialismo real” y el comunismo soviético, nadie discute la necesidad de, manteniendo en esencia el modelo capitalista de producción, garantizar la dignidad del hombre, satisfacer las necesidades básicas de todos los ciudadanos y disponer de un amplio sistema de seguridad social tan amplio y generoso como las circunstancias económicas lo permitan. Las prestaciones sociales no son una limosna sino un desecho. Y avanzando un poco más, aumenta la preocupación por la calidad de vida –también la del mañana- como ponen de manifiesto los nuevos partidos políticos de “verdes” y ecologistas.

Vayan a continuación tres observaciones. La primera es que no habrá prestaciones sociales, o se reducirán drásticamente, si la economía no funciona. Sólo podrá repartirse o gastarse lo producido previamente. Un endeudamiento progresivo ni es solución ni siquiera sería factible por falta de prestamista. Nada puede hacerse para salir de la actual crisis económica, ya mucho más española que general, si olvidamos una dolorosa verdad: la de que muchos de nuestros males se deben a la negación en su día de una crisis evidente.

La segunda es que el mismo socialismo que resolvió algunos viejos problemas nos ha traído otros que afectan a la libertad del individuo. Del dominio del hombre por el hombre se puede pasar al de unas estructuras administrativas o sociales, o de ambas conjuntamente, sobre la persona individual. Sus instrumentos serian la masificación, la burocracia anónima, las directrices, con lavado de cerebro incluido, la educación escorada sectariamente y la sumisión a lo políticamente correcto.

Y la tercera es que en ocasiones los anhelos igualitarios, más que equilibrar las oportunidades, desembocan en una igualación por abajo, como si el mérito y la excelencia fueran una provocación elitista. Entonces, la promoción en todos los aspectos de una vida cada vez más intervenida por el poder político se tiñe de compañerismo partidista, amiguismo o parentesco.

La economía no entiende de ideologías. Las recetas para salir de la crisis vienen a ser las mismas en todos los países. Pero, a partir de ahí, no hay que escoger entre capitalismo y socialismo sino entre un hombre “colectivizado” u otro libremente responsable de sus actos.

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