¿Qué hacen las tropas españolas en Afganistán?

Una pregunta así no es políticamente correcta y, de hecho, no forma parte del debate parlamentario. Estamos en Afganistán porque pertenecemos al mundo occidental, por solidaridad con los Estados Unidos, que han sufrido como nosotros los zarpazos del terrorismo islamista, y porque no nos podemos permitir otra cosa tras aquella lamentable imagen en la que el todavía líder de la oposición, y luego presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, se aferraba provocativamente al asiento para no levantarse al paso de la bandera yanqui. Sin olvidar la precipitada salida de Irak, y nuestra demencial actitud animando a los otros países para que siguiesen nuestro ejemplo.

Esa es la respuesta, perfectamente lógica a tenor de los antecedentes. La pertenencia a la comunidad de los países democráticos tiene sus costes. Y también la estúpida y gratuita ofensa a la bandera del más poderoso de ellos. Pero más allá de esta sencilla explicación, parece llegado el momento de cuestionar, no nuestra particular razón para intervenir en aquel conflicto, sino la propia operación internacional por mucho respaldo que tenga de las Naciones Unidas.

Hemos pagado un precio demasiado alto, empezando naturalmente por la pérdida de vidas humanas, a cambio de bastante poco. No está claro que la ocupación militar de Afganistán haya sido necesaria para acabar con Al Qaeda –recuérdese la muerte de Bin Laden en Pakistán hace sólo unos meses- y sí, por el contrario, que nuestros poderosos ejércitos regresarán a sus base dejando tras de sí muchos odios hacia Occidente y la semilla de una guerra civil.

Sería un milagro que aquellas gentes, musulmanes anclados en el Medievo, sintieran algo de agradecimiento hacia los extranjeros que ocuparon su país, se mantuvieron en él por la fuerza de las armas y mataron a demasiados civiles, entre ellos ancianos, mujeres y niños, por eso de los efectos colaterales. Y si los infieles trataron de imponer sus propios valores en detrimento de la identidad cultural y religiosa del país en cuestión, pues peor aún para el futuro de Afganistán cuando los occidentales demos por terminada nuestra humanitaria labor. Hay sentimientos profundos cuya ofensa no se corrige con la construcción de carreteras u hospitales.

Ahora resulta que aquello de erradicar el “burka” era un bello decir para endulzar nuestra intervención, y lo mismo ha ocurrido con la lucha contra la producción de opio. Nadie discute que la corrupción y el saqueo de fondos públicos pueden incluso haber aumentado en los últimos años. Y hay que ser muy optimista para creer que las fuerzas armadas y la policía afgana que nosotros hemos instruido garantizan la estabilidad democrática. Más probable es que acaben jugando un destacado papel en el arreglo de cuentas con los colaboracionistas que no opten por exiliarse a su debido tiempo. Se ve que no aprendemos nunca. La ocupación soviética de Afganistán supuso también un intento de modernización del país, aunque fuera bajo un régimen comunista. Pero fracasó y su último presidente fue ahorcado entre los gritos de júbilo de un pueblo que celebraba su liberación. Quizá el ahora presidente Karzai y su camarilla, con más recursos en los paraísos fiscales de los infieles, corran mejor suerte cuando baje el telón.

Una cosa es intervenir –o tener que intervenir- en Afganistán y otra muy distinta engañarse sobre las consecuencias de la intervención.