El primo de Zumosol

En el ya de por sí defectuoso Estado de Derecho español, donde la división de Poderes deja tanto que desear, ha irrumpido con ínfulas salvadoras un personaje no previsto en el guión. El movimiento de los “indignados”, algo proteico, de difusos contornos y corazón opaco, se alza contra un régimen partitocrático al que titula de incompetente y corrupto, pero su callejera moción de censura no articula ninguna alternativa mínimamente seria. Con el paso del tiempo se han ido perfilando, cada vez más nítidamente, dos planos muy distintos. De un lado tendríamos un fondo regeneracionista, lleno de bellos principios a imagen y semejanza de aquello que decía la Constitución de 1812 sobre los españoles que debíamos ser justos y benéficos. Y de otro, en el concreto aquí y ahora, los autoproclamados titulares directos y auténticos de la soberanía nacional serían los inapelables garantes últimos del buen funcionamiento –o del no funcionamiento, si aquel les pareciera injusto- de las instituciones nacionales.

La última afirmación ha de entenderse literalmente. Los “indignados” seleccionan los casos necesitados de su intervención para evitar los males más significativos que puede ocasionar la ciega actuación de los poderes públicos. La escasa organización y las carencias presupuestarias del llamado Movimiento 15M le impiden controlar todos los actos de unas Administraciones al servicio del capital –recuérdese su proclamada vocación antisistema-, pero escogiendo bien y contando con la repercusión mediática de cuanto se haga en provecho de los desheredados de la fortuna, reales o presuntos, queda patente su privilegiada posición por encima de cualquier autoridad política, administrativa o judicial. Así volvemos, paradójicamente, a la unidad de Poderes en clave totalitaria y versión asamblearia con exclusión de discrepantes, empezando por esa mayoría de ciudadanos que, mientras no se demuestre lo contrario, prefiere la democracia parlamentaria.

Aunque no se roba directamente a los ricos para repartir su dinero entre los pobres, algo hay de eso cuando se impide un desahucio o el cumplimiento de cualquier otra resolución judicial que a los “indignados”, o a quienes como tales se presentan, no les parezca acertada. El escenario de las hazañas de Robin Hood era muy limitado. El héroe popular actuaba en el mismo bosque que le servía de refugio contra los esbirros del rey, pero los “indignados” deshacen entuertos en todo lugar y ante las cámaras de TV. Lejos de esconderse, buscan la confrontación con las autoridades y celebran que su triunfo, con impunidad segura, esté bien documentado. Ciscarse en el Estado de Derecho es poca cosa si no hubiera testimonio público de ello.

Otro mérito especial de nuestros “indignados” frente a Robin Hood es que no se dedican sólo a defender a los pobres. El primo de Zumosol puede impedir también, por ejemplo, que la policía pida los papeles a un emigrante. Disponemos, pues, de un nuevo defensor del pueblo con numerosas cabezas e ilimitadas facultades ejecutivas. Si alguien consigue convencerle de la justicia de su causa, o los “indignados” llegan por su cuenta a tal conclusión, las tribulaciones terminarán rápida y felizmente. No habrá hecho falta oír a la parte contraria o perder el tiempo con enojosos trámites. Además, para que nadie dude de quién manda en el país, los “indignados” mantienen viva su prerrogativa de “okupar” las vías públicas cuando lo estimen oportuno.