Los “indignados” del 19 de junio

Las siete manifestaciones de “indignados” que confluyeron el domingo en la madrileña plaza de Neptuno poco tuvieron que ver con el mugriento poblado de “okupas” en que acabó convirtiéndose la primera protesta en la Puerta del Sol. Más bien enlazaban con los acampados de aquellos primeros días en los que el componente antisistema, aunque notorio desde el primer momento, no era la expresión principal del descontento compartido. Entre los numerosos manifestantes del 19 de junio y los cien o doscientos individuos que siguen usurpando el suelo público junto al kilómetro cero de la capital de España no había gran parecido. Hemos ido a mejor por ese lado. Además, las manifestaciones han contado con la preceptiva autorización administrativa y, al menos en Madrid, no provocaron incidente alguno.

Lo malo es la sospecha de que lo único común a todos los indignados del 19 de junio era la indignación. Se denunciaban males pero sin presentar propuestas o alternativas serias para combatirlos. No basta con pedir la austeridad de las Administraciones o la reforma de la Ley Electoral. Todos querríamos que no hubiera casi cinco millones de parados, que dispusiéramos del dinero necesario para mantener los servicios sociales como antes, en tiempos de bonanza, y que nadie tuviese que apretarse el cinturón, ni las Administraciones ni los ciudadanos, pero el problema no se arregla pretendiendo vivir por encima de nuestras posibilidades. Los errores se pagan: nuestros gobernantes se empecinaron en negar la existencia de la crisis y no reaccionaron hasta que fue demasiado tarde. Por cierto, unos señores con nombres y apellidos perfectamente conocidos pero que los “indignados” silencian. Ellos sabrán la razón.

Aunque se haya diluido un poco lo de que “el sistema es el problema”, como rezaba la enorme y cuidada pancarta que ya el primer día adornó todo el lateral del autobús estacionado en la Puerta del Sol para atender a los donantes de sangre, no faltaron eslóganes de las manifestaciones apuntando en la misma dirección. Sucede, no obstante, que los mercados no nos obligan a aceptar sus créditos sino que somos nosotros quienes los pedimos. Luego, los intereses crecen al compás de nuestra pérdida de credibilidad. Por ejemplo, si nos negamos a reducir gastos y disminuye nuestra competitividad en, precisamente, los mercados internacionales. O si somos incapaces de garantizar el cumplimiento de las leyes, sea en materia de desahucios o ejecución de hipotecas, sea desalojando de los espacios públicos a quienes los “okupan” indebidamente.

Bueno sería calcular cuánto nos ha costado en términos económicos –y no hablo de los comerciantes de la zona- la dejación de funciones en la ilegal acampada de la Puerta del Sol. Y tampoco el mero anuncio de una huelga general nos saldrá gratis. De la crisis se sale adelantando iguales o similares medidas a las que finalmente han tenido que adoptar en Grecia o Portugal. Aunque no gusten. Venir ahora con el rechazo al Plan del Euro es, como dicen en Canarias, poner proa al marisco. Aparte de que la inmensa mayoría de los”indignados” no sabría explicar en qué consiste realmente esa demanda.

Se esgrimen recetas económicas que sólo empeorarían las cosas. Salvo, naturalmente, para los antisistemas y los extremistas de izquierda, por eso del rio revuelto y la ganancia de pescadores. Reaccionario –y no progresista- es pretender seguir como si no pasara nada, como si siguiéramos viviendo en los buenos tiempos de las vacas gordas, como si no tuviéramos que pedir préstamos cada vez más onerosos en esos mercados que serían simultáneamente la causa de todas nuestras desdichas. Ni el enemigo es siempre el otro, ni la economía es una asignatura partidista desde que el llamado socialismo real del Este europeo fracasó como todos –o casi todos- sabemos. Estamos mal pero, si nos empeñamos, podemos estar peor. El día 19 de junio nos indicaron el camino.