Los pepinos, Alemania y España

La crisis de los pepinos almerienses, con repercusión inmediata en todas nuestras exportaciones de frutas y hortalizas, ha ocasionado un enorme daño tanto a los agricultores o exportadores como a la economía nacional en su conjunto. La confianza de los mercados no se recupera de hoy a mañana, ni siquiera tras la declaración alemana que absuelve, por decirlo así, a los pepinos españoles. El mal está hecho y su reparación, aunque sólo sea parcial, no pasa por demonizar a la concejal de salud de Hamburgo, la socialista Cornelia Prüfer-Storks, ni por rastrear conjuras germanas contra quienes vivimos al sur de los Pirineos. El victimismo está para andar por casa, donde suele dar buen resultado, pero poco pinta en el tablero internacional.

La munícipe alemana puede ser tan inocente en esta historia como, salvando las distancias, los pepinos españoles. Esta señora alertó de un terrible brote infeccioso cuando ya había media docena de muertos y centenares de enfermos, y es de suponer que sospechó de los cultivos de Almería y Málaga porque en esa dirección apuntaría entonces la investigación del caso. Nada indica que la señora Prüfer-Storks nos tenga una particular antipatía. O que no previera las consecuencias de que el origen de la infección se situara finalmente en otra parte, lo que la colocaría, personal y políticamente, en la diana de las protestas y reclamaciones españolas.

Lo más razonable es presumir la buena fe de la concejala y la existencia de indicios suficientes para, teniendo en cuenta el acreditado riesgo en vidas humanas y aplicando el principio de proporcionalidad, haber adoptado aquellas medidas cautelares. En consecuencia, si se obró correctamente conforme a las circunstancias conocidas en aquel momento, ni ella ni Alemania tienen que disculparse de nada. Otra cosa es que lamenten sus efectos sobre la agricultura española, tal y como Angela Merkel hizo saber telefónicamente al propio Rodríguez Zapatero.

Lo que sorprende es no tener la seguridad de que las autoridades españolas se personaran en Hamburgo, ya en el primer momento, para informarse de los pormenores de la investigación, colaborar en la misma y aportar rápidamente cuantas pruebas fueran precisas en defensa de nuestros productos. Pero ni está claro que hubiera tal reacción ni sabemos tampoco por qué las medidas cautelares se dirigieron contra nuestros pepinos y sólo contra ellos. Agradeceríamos que se nos diesen explicaciones, en Alemania y en Madrid, de cómo se llegó a dicha conclusión provisional y de lo que hicieran o dejaran de hacer nuestras autoridades en esos primeros días.

Ha sonado la hora de los juristas y de los políticos. Los primeros estudiarán la posibilidad de pedir una indemnización a la concejala, a la ciudad-estado de Hamburgo, a la República Federal de Alemania o a la Unión Europea, lo que será muy difícil si se hubiese respetado el principio de proporcionalidad. Y los segundos deberán explorar subsidiariamente los caminos, no de las responsabilidades civiles, sino de las ayudas y subvenciones internacionales o comunitarias en el marco de la solidaridad. Mientras tanto, dejemos en paz a Alemania y a la presidente de su gobierno, Angela Merkel. Fue esta señora quien, aunque actuara también en provecho de su país, cortó en seco nuestra alegre marcha hacia el corralito de los “pigs”. Pero a lo peor nos cae mal precisamente por eso, porque a nadie le gusta que le den lecciones desde fuera.

1 comentario
  1. antonio says:

    ¿Qué pasa con Japón? Que se sepa, allí el desempleo es anecdótico. No comparemos con el sur de Europa donde una gran cantidad de "gente" lo pretende es vivir del cuento (papá Estado o de Robin Hood). Y se ve: en cuanto las cosas pintan algo mejor ya estamos de viaje al Caribe con Curro de nuevo. Así es que, desde mi punto de vista, la culpa no es de esos perversos poderes, que funcionan igual en Japón y en la Cochinchina, sino en la "gente" y sus líderes populistas chalanes del voto estulto.

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