El conflicto vasco tras las últimas elecciones

El resultado de las elecciones autonómicas y locales no ha deparado grandes sorpresas. Aunque la debacle del PSOE quizá haya sido algo mayor de lo esperado, no se aleja mucho de las últimas encuestas. Los intereses propios de cada comunidad autónoma y de cada ayuntamiento se han difuminado en una emergencia económica nacional que, lógicamente, se pone en el debe del partido en el Gobierno de España. Poco puede hacerse de tejas para abajo mientras que no se resuelva la crisis económica con sus casi cinco millones de parados, pequeñas y medianas empresas en cuarto menguante y un sistema financiero que, contra lo que nos dijeron en su día, no se ha revelado precisamente como el mejor del mundo. No estamos ante la crónica de una muerte anunciada pero si de una deplorable situación que había de pasar factura.

Lo inesperado e inquietante ha sido la irrupción masiva de BILDU en las instituciones del País Vasco: más de doscientos mil votos independentistas con o sin veleidades etarras. Si se suman a los obtenidos por el Partido Nacionalista Vasco, hoy bastante más proclive al separatismo que ayer, se habrá alterado sustancialmente la anterior relación de fuerza con los dos grandes partidos nacionales, el PSOE y el PP. Nos encontramos así ante un dilema con dos alternativas. Si BILDU es parte de ETA, o al menos de Batasuna, como sostenía el propio Gobierno a través del abogado del Estado y del fiscal general del Estado, habrá nuevos exiliados buscando paz, libertad y seguridad en el resto de España. Y si el distanciamiento del terrorismo fuera sincero, el independentismo democrático se sentiría incómodo y sin horizonte dentro de la actual Constitución.

No parece que lo más acertado sea oponerse a la voluntad mayoritaria del País Vasco o, salvando las distancias, de Cataluña, con el excesivo encorsetamiento de los referendos exigidos actualmente por nuestra Carta Magna. España puede arrastrar un problema crónico, por utilizar las palabras de Ortega y Gasset, pero sólo mientras que aquel se mantenga dentro de ciertos límites. No se trata en este momento de buscar responsabilidades por la agravación del problema, sino de encauzarlo hacia una solución aceptable para todos o casi todos.

Habrá que preguntarse si el estado de las autonomías tiene futuro o ha de ceder paso al estado federal, por ejemplo. El inmovilismo radical en esta materia, como la negación en su día de la crisis económica, sólo servirá para perder el tiempo y debilitar al enfermo. Los intentos de modificar la Constitución a través de los Estatutos fracasaron tras poner en entredicho a la propia nación española, discutida, discutible y transformada en nación de naciones. Nos jugamos demasiado para continuar con las ocurrencias supuestamente milagrosas. Los círculos no se cuadran. Y mejor será retocar el traje antes de que salten las costuras.