Su majestad el ciclista

Los ciclistas eran los actores mejor vistos en el escenario del tráfico rodado. No importaba que quizá fuesen los culpables del accidente. Frente a un turismo, un autobús o un camión, el ciclista se nos presenta como un ser indefenso que, a diferencia del David, nunca triunfará contra Goliat porque ni siquiera dispone de una honda. Piel y huesos –con el cráneo por delante- contra el veloz monstruo de hierro o acero. Solo el peatón estaba en peores condiciones, pero tenía a su favor el espacio protegido de las aceras. Hasta hoy.

La situación ha cambiado radicalmente al autorizarse que los ciclistas puedan circular por las aceras aunque pongan en peligro a los peatones. Supongo que antes o después se corregirá la novedad, pero mejor sería no esperar hasta que las estadísticas den cuenta de los previsibles accidentes que tendrán como principales víctimas a las mujeres embarazadas, a los ancianos de inestable equilibrio, con o sin bastón, a las mamás que llevan la sillita del niño –y quizá a otro niño en la otra mano-, y a los discapacitados en silla de ruedas.

Se acabó la seguridad del peatón en las aceras. Antes podía pasear despreocupado, detenerse ante un escaparate y alterar en cualquier momento el sentido de su marcha. A lo sumo tropezaría con otro peatón y el incidente se cerraría con unas excusas. Ninguna caída al suelo, ningún riesgo de fractura de caderas o rotura de gafas. Las autoridades no pueden excusarse ahora con la excesiva velocidad del ciclista o con su falta de cuidado Son ellas quien deberían evitar tales riesgos. Por muy prudente que el ciclista sea, siempre circulará a mayor velocidad que el peatón. Se les permite, además, que por una misma acera puedan circular en una dirección u otra, según les plazca. No bastaba el estorbo con la señora que saca a sus dos perritos a hacer sus caquitas o simplemente a pasear, cada uno con su correa, ocupando por completo la acera.

¿Qué ha sido de la preocupación por el discapacitado? Cabinas telefónicas especialmente bajas pero nunca utilizadas por sus teóricos beneficiarios, suelos especiales junto a los pasos de peatones, rampas en los edificios públicos, espacios reservados para aparcar y tantas otras medidas bien intencionadas.

Dicen que la autorización para que los ciclistas circulen por las aceras se limita a las que tengan tres metros o más de anchura, pero no parece que los guardias municipales pierdan su precioso tiempo comprobando este requisito. Además, ¿cómo se cuentan los tres metros? Las aceras tienen barandillas y, con frecuencia, bolardos. Y hay árboles con sus respectivos alcorques. Y farolas. Y señales de tráfico o informaciones varias. Y estrechamientos provisionales por obras.

Si, seguramente nos vendrán con el ejemplo de algún otro país, pero cada país es un mundo, con sus costumbres, su clima, sus paseantes en la calle (o no), sus grupos de amigos hablando en las aceras (o no), etc., etc. La copia de lo foráneo tanto puede ser un acierto como una paletada de muy señor mío.