A vueltas con Gibraltar

Durante tres siglos lo hemos intentado todo para recuperar la soberanía sobre Gibraltar, desde la fuerza de las armas hasta el prolongado cierre de su frontera terrestre. Sin embargo, nada sirvió de algo por la sencilla razón de que Inglaterra primero y el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte después eran y son más fuertes que nosotros tanto en lo militar como en el tablero diplomático. El resultado está a la vista. Gibraltar se anexionó la mitad sur de la zona neutral, construyó su aeropuerto en el istmo y se olvidó de que no habíamos cedido otras aguas que las del viejo puerto en la bahía. Ahora, con nuestra compartida pertenencia a la Unión Europea, se acabó definitivamente el cierre de la verja como un medio de presión que, justo es reconocerlo, sólo sirvió para que los gibraltareños se sintieran más británicos que nunca.

En la cuestión fundamental de la soberanía no habrá ningún avance mientras los gibraltareños se opongan, y no se atisba el menor indicio de que su posición vaya a cambiar a corto o medio plazo, si es que alguna vez lo hace. Sólo nos queda en estas circunstancias resolver el conflicto sobre las aguas del Peñón. Es una polémica que, una vez más, vamos a perder o ya estamos perdiendo por habernos refugiado en una victimismo inane que sólo conduce a la consolidación de una situación de hecho en beneficio exclusivo del más fuerte.

Hace tiempo que venimos quejándonos de que las patrulleras gibraltareñas, respaldadas por la Marina británica, se han adueñado de una milla y media de las aguas de la Bahía de Algeciras, en la costa occidental del Peñón, donde se encuentra el único puerto entregado en su día a los ingleses. Luego tuvimos que protestar porque en la costa de levante –ganando terreno al mar (y trayendo de España para más “inri” el material de relleno)- se había empezado a construir un gran complejo turístico con su correspondiente puerto deportivo. Y ahora resulta que en sus pretendidas tres millas de aguas territoriales a ese lado del Peñón, se ha autorizado el establecimiento y explotación de las gasolineras flotantes. Es de suponer que nuestro gobierno volverá a decir algo con la boca pequeña para guardar las formas.

Conviene insistir de nuevo en que una cosa es el punto muerto en la descolonización, previsiblemente aparcada “ad calendas grecas”, y otra muy distinta el trazado de los límites de la colonia en general y el de sus aguas territoriales en particular. Las discrepancias jurídicas deben ser resueltas por algún árbitro o tribunal aceptado por ambas partes, y mientras no se haga así, el más poderoso impondrá su voluntad. A partir de ahí, el tiempo jugará a su favor por eso de la prescripción y de los hechos consumados.

Hace ya décadas que el Reino Unido propuso a Franco dirimir esas diferencias ante un tribunal internacional, pero el general no aceptó so pretexto de que la descolonización resolvería todos los problemas. Podría haber llegado el momento de recapacitar sobre aquella oferta y, en caso de mantenerse, terminar de una vez por todas con esos lamentos que no llevan a ninguna parte. La alternativa es que el Reino Unido continúe disfrutando de una baza decisiva: la del “quia nominor leo”, por utilizar las palabras del conocido fabulista latino.

Aprovechando la reciente visita del Príncipe de Gales a España, nuestro Príncipe de Asturias le ha recordado la necesidad de encontrar una solución al contencioso de Gibraltar. Naturalmente, ni siquiera ha obtenido respuesta. El Reino Unido lo tiene muy claro: Gibraltar seguirá siendo una colonia mientras que los gibraltareños así lo deseen. Sólo la independencia del Peñón infringiría el Tratado de Utrech. Y mientras tanto se va arañando lo que se puede –también en términos de soberanía- a costa de España. Reclamar la soberanía sobre Gibraltar debería ser compatible con hacer los deberes de tejas abajo.

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