¿Qué hacemos en Libia?

Se supone que nuestra intervención armada en Libia pretende poner fin a los crímenes contra la Humanidad que, cometidos por el coronel Gadafi, tendrían como víctimas indefensas a los demócratas hartos de dictadura. Pero la cuestión no es tan sencilla. Aquellos crímenes, igual que los de guerra y el genocidio o, simplemente, la masacre de la población civil, deberían haber bastado para una intervención sin esperar a que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas nos diera luz verde con el asentimiento o abstención de la China comunista, por ejemplo. Así lo hizo la OTAN durante la guerra de los Balcanes y así lo hicimos nosotros como miembros de la Alianza.

Ocurre, no obstante, que esos hechos no aparecen tan acreditados en este conflicto como lo estuvieron en otros casos. Recuérdese la matanza de civiles palestinos por Israel en la zona de Gaza. Entonces no movimos un dedo. Además, todas las guerras se cobran víctimas entre la población civil, sobre todo cuando los combatientes de uno de los bandos, ahora el de los rebeldes, se presentan como grupos de paisanos (y paisanas) cuya condición militar es más que discutible.

Ver en los insurgentes a personas que quieren implantar la democracia en su país no deja de ser una peligrosa manifestación de voluntarismo. Nunca hubo en Libia un estado propiamente dicho. La colonización italiana dejó paso a un régimen tribal en el que Gadafi consiguió mantenerse en el poder a lo largo de muchos años gracias al petróleo. La fórmula es similar a la de otras dictaduras árabes, republicanas o monárquicas. La corrupción y el desprecio absoluto de los derechos fundamentales del hombre tienen en todas ellas carta de naturaleza. Unos males que se agravan en Libia por la ausencia de cualquier armazón institucional sobre el que construir deprisa y corriendo un régimen democrático. Pero España –y no sólo España- cerró los ojos, vendió armas al déspota hasta ayer mismo y le mostró su afecto en cuantas ocasiones se presentaron.

Hoy participamos en una guerra –con barcos y aviones de guerra que disparan contra objetivos de guerra, según sucede en todas las guerras- al amparo de la Resolución 1973 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que autoriza las operaciones encaminadas a proteger a la población civil del territorio controlado por los rebeldes. Aunque la finalidad última de la Resolución es clara, no se concretan los medios para conseguirla.

Los presidentes, primeros ministros u otros altos dirigentes políticos de los países implicados en esta acción bélica se dividen entre quienes consideran que aquélla debe agotarse con el establecimiento de una zona de exclusión aérea y quienes entienden que, de no bastar tal medida, podría llegarse al ataque directo a las tropas de Gadafi, bien desde el aire, bien con el envío de fuerzas terrestres. Ya el primer día de la intervención fueron muchos los tanques del coronel destruidos por los aviones aliados. El reparto de papeles nos responsabiliza a todos en lo que haga el más agresivo de nuestros socios. Y de neutralidad, nada de nada.

Somos muchos los españoles que desearíamos saber con alguna precisión lo que hacemos en Libia. Se nos dice que estamos allí para hacer el bien. Pero eso es, naturalmente, demasiado poco.