Dictaduras con bula: Bahrein, por ejemplo

De escandalosa puede calificarse la diferencia de trato que España tiene, desde que empezaron las protestas callejeras en el norte de África y en otros países árabes, con sus respectivos déspotas, distinguiendo según se trate de república o de testas coronadas. Bey Ali, Mubarak y Gadafi fueron nuestros déspotas, como lo siguen siendo los monarcas, emires y similares en otros casos. Nadie lamentó en su día que el rey Faruk de Egipto, el Bey de Túnez, Muhammad VIII al-Amin, y el rey Idris de Libia dejaran paso a tres regímenes republicanos con el ejército como denominador común. La corrupción y el despotismo de los nuevos dueños del poder no eran mayores que antes, y el petróleo fluía con normalidad, llegando al mercado sin problemas. O sea, que convenía no inmiscuirse en los asuntos internos del prójimo.

Hoy toca reflexionar un poco sobre nuestro sorprendente apoyo a unas monarquías absolutas donde los derechos humanos brillan por su ausencia. Es obvio que únicamente volvemos la espalda a las dictaduras cuyo pronto fin nos parece inevitable. Dejando de lado, no sin algún esfuerzo, a Marruecos e incluso a Jordania, continuamos dándonos el pico con todos los reyes y reyezuelos de la península arábiga, desde Arabia Saudí hasta Qatar, los Emiratos Árabes Unidos y Bahrein.

También en estos países se extiende la contestación a sus endogámicas castas gobernantes. Hay un monarca caído del cielo –o una familia- y los súbditos obedecen como fieles creyentes. La corrupción va unida a la negación de la libertad y dignidad individuales, pero nosotros nos guardamos muy bien de apoyar en lo más mínimo cualquier cambio del actual estado de cosas. No importa que en la Plaza de la Perla, en Manama, la capital de Bahrein, haya habido ya una docena de muertos durante la represión de unos manifestantes inicialmente pacíficos.

Bahrein es, pese a su escasa población, la piedra angular para el futuro de los países agrupados en ese “Consejo de Cooperación del Golfo” que, dominado por Arabia Saudí, garantiza la ayuda mutua y automática de todos sus reinos y emiratos contra cualquier revuelta interna. Más de mil soldados saudíes entraron en Bahrein para respaldar el estado de emergencia que proclamó su monarca Hamad bin Isa al Halifa, y otros quinientos de los Emiratos Árabes Unidos habrán seguido su ejemplo.

Conviven en Bahrein una reducida elite sunnita y una mayoría chiíta que se siente discriminada, repitiéndose así una situación similar a la de Irak en la relación de fuerzas entre ambas variantes del islamismo. Recuérdese que, por el contrario, los chiítas de Arabia Saudí no llegan al diez por ciento de su población total. Repárese también en que Irán, la otra gran potencia del Golfo, que es de religión casi exclusivamente chiíta, quisiera hacer de Bahrein una más de sus provincias. Considérese igualmente lo que ese pequeño país supone en el plano militar para los Estados Unidos, que tienen allí la base de su Quinta Flota. Y tómese nota de que, para complicar aún más el panorama, los chiítas de Bahrein son árabes y no persas.

Tal conjunto de circunstancias explica, pero sólo hasta cierto punto, que la misma Liga Árabe que respaldó el establecimiento de una zona de exclusión aérea sobre Libia, a favor de una rebelión supuestamente democrática en el mejor sentido del término (porque hay “democracias populares”), nada objetase a las ayudas exteriores para sofocar en Bahrein (o en los restantes reinos y emiratos de la península arábiga, si se terciare) cualquier intento en aquella dirección. Será porque esta vez los déspotas cuentan con la bendición directa de Alá. También entre los tiranos hay clases. Y, claro está, unos son más iguales que otros.

1 comentario
  1. petitsuis says:

    muy (poco) interesante análisis, enhorabuena de paso por la objetividad y la profundidad, eso si, dardos envenenados varios en 4 párrafos, ¿y cuánto dice que le pagan por esto?, porque en el bar de la esquina se oyen cosas bastante mas elaboradas

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