Los campesinos búlgaros

Perdone el lector, pero cada día que pasa me acuerdo más de los campesinos búlgaros huyendo de la vacuna, o sea, de quienes querían vacunarles contra no sé que enfermedad. Dicen que escapaban alocadamente para buscar protección en el bosque. El relato, muy conocido, tuvo su reflejo en un famoso cuadro con la estampida de aquellas buenas gentes. Se ignora –o yo ignoro- el final de la historia, pero es de suponer que a estas alturas poco importa. Con vacunas o sin vacunas, no hay mal que cien años dure. Tampoco una crisis económica.

Aunque traer ahora a la memoria tan lejano episodio pueda parecer algo rebuscado, el hecho incuestionable es que por ese recuerdo estoy escribiendo estas líneas. Andamos a vueltas con las medidas necesarias para conjurar el desastre económico al que nos han acercado peligrosamente los pecados financieros del exterior, la ceguera (real o simulada) de nuestros gobernantes y el empecinamiento de los mismos en la aplicación de pócimas y ungüentos caseros en lugar de recurrir a la moderna farmacopea y a la cirugía.

Primero acudimos a las fórmulas milagrosas del chamán contra unos malos espíritus en los que ni siquiera creíamos del todo. Vendrían de fuera y morirían de inanición en una sociedad tan bien preparada como la nuestra gracias a los continuados desvelos de un Estado previsor y ejemplarmente eficaz. Seguiríamos creando empleo y nunca recortaríamos las prestaciones sociales. Nada, pues, de embarcarnos en enojosas reformas financieras, laborales o de otra clase. Lo malo fue que así, perdiendo el tiempo, nos pusimos en los casi cinco millones de parados, cerramos decenas de miles de empresas y vimos como se tambaleaban los pilares de nuestro bienestar. Total, que tuvieron que venir de Bruselas con el maletín de la vacunas.

La última de ellas ha sido, por ahora, la adaptación de los salarios, no al índice de precios al consumo, sino a la productividad de cada empresa. Ya nos lo había pedido la señora Merkel -la salvadora de nuestra economía después de todo- durante su reciente visita a Madrid, pero la medida fue rápidamente rechazada como impopular y absurda. Los sindicatos amenazaron con el fin del mundo si dábamos un solo en aquella dirección. Y en eso estábamos, cuando a los señores de Bruselas se les acabó la paciencia y nos mandaron las jeringuillas y el suero con orden perentoria de inmediato cumplimiento. A nuestros dirigentes políticos sólo les resta explicar, sin sonrojarse mucho, que esa era su idea desde hace mucho. Sólo esperaban el momento para ponerla en práctica.