La cartilla de racionamiento

Nuestros mandamases han decidido que durante algunos meses no se podrá circular por las autopistas y autovías españolas a una velocidad superior a los 110 kilómetros por hora. Se trata, dicen, de ahorrar combustible por eso de nuestra dependencia energética y los precios del petróleo. Lo de mandamases ha de entenderse con el respeto debido a nuestros gobernantes. Ocurre que lo del ahorro viene de quienes más mandan, mientras que otros muchos, que mandan menos, apoyan la medida por sus presumibles efectos beneficiosos para la seguridad vial y para el medio ambiente. Aquí sólo nos ocuparemos de la justificación oficial, que niega expresamente tanto esas dos motivaciones como las dificultades en el suministro. No valen las comparaciones con los países que limitan la velocidad para que haya menos accidentes.

La verdad es que ni siquiera el argumento económico satisface por completo. Hay quienes opinan, quizás con razón, que el resultado último de esta medida dependerá de las incidencias del tráfico, del modelo de automóvil, de su cilindrada y de la relación de marchas en cada caso. Habrá que considerar también el mayor coste horario –diario, semanal y así sucesivamente- que el nuevo límite de velocidad supondrá para quienes han de desplazarse en coche a su lugar de trabajo desde una población próxima. Veremos, de otro lado, por cuánto nos sale la adaptación de las señales. Y luego está la incidencia de la medida sobre la industria y el comercio automovilísticos.

Si miramos a nuestro entorno europeo, el más próximo en todos los sentidos, resulta que seríamos de nuevo el ejemplo a seguir, siempre a la cabeza del progreso mundial. Nada de correr riesgos nucleares, como los insensatos de allende el Pirinero. El problema energético se solucionaría regalando bombillas de bajo consumo -yo sigo esperando la mía-, quitándose la corbata en los locales donde haga calor, para que el aire acondicionado gaste menos, y ahora reduciendo la velocidad en las vía públicas más rápidas, subvencionando el cambio de neumáticos y ya veremos si con alguna otra iniciativa de similar calado. O sea, procurando ahorrar la energía que produciría anualmente una sola de esas centrales nucleares que cerramos por razones políticas de obligado acatamiento.

Pero, aun dando por buenos los argumentos esgrimidos, la nueva medida peca de injusta y va en dirección errónea. Si no hay crisis de abastecimiento, bien haría el Estado en dejar que cada uno se gaste su dinero como le venga en gana. El combustible para los vehículos particulares lo compramos y pagamos nosotros, y no el Estado, que sólo hace de intermediario con una comisión del 50%. Razonable es que se graven las importaciones, desde los diamantes hasta el petróleo, pasando por las pieles exóticas, pero a partir de ahí el ciudadano tiene derecho a que le dejen en paz.

Es absurdo prohibir que circule a 120 kilómetros hora quien conduce un coche de poca cilindrada o una motocicleta que consume bastante menos combustible que un “todo terreno” a menor velocidad. Podrían aumentarse los impuestos directos sobre los vehículos cuyo consumo seguirá siendo muy alto por debajo de los 110 kilómetros, o subirse los ya muy elevados que soportan la gasolina y el diesel. El efecto disuasorio sería bastante más equitativo y el Estado tendría más ingresos sin necesidad de poner más multas.

Y llegados a este punto, procede recordar las excelencias que en tiempos de escasez ofrece la cartilla de racionamiento. Tantos litros de combustible al mes, con precio fijo, para todo titular de un vehículo de motor. Luego, el ciudadano los disfrutaría a discreción. Uno irá diariamente al trabajo en un automóvil pequeño y a poca velocidad, o en moto, y otro usará su Rolls Royce para dirigirse de vez en cuando a un exclusivo campo de golf. El mercado negro, absolutamente liberal, se regirá por la ley de la oferta y la demanda.

Confío en que los poderes públicos reciban agradecidos esta sugerencia para mejorar, si fuera preciso, nuestra balanza de pagos. Por cierto, ¿cuánto nos costó el combustible malgastado en el atasco de la A-6, a la entrada y salida de Madrid, por la nevada del último viernes? ¿a quién le habrán puesto la multa?