¿Hacia dónde va Libia?

Los sucesos en la otra orilla del Mediterráneo nos han cogido, como es habitual, de sorpresa. O los servicios de información de los países occidentales no se enteran o nadie les hace caso. Y lo mismo ocurre con las embajadas. Nos besamos estúpidamente con el payaso libio y le reímos sus gracias con las jaimas de quitar y poner, o con su guardia personal femenina, pero luego nos escandalizamos porque resulta que quien ya tenía sobre su conciencia terribles crímenes, como el atentado terrorista que costó la vida a los doscientos y pico pasajeros de un avión sobre las Islas Británicas, continúa siendo para su pueblo el mismo tirano que ha ejercido de tal durante los últimos cuarenta años. El interés por el suministro de petróleo y gas natural no exigía tantas muestras de afecto, cuando no de empalagosa pleitesía.

Ahora en Libia, como antes en Túnez y Egipto, no sabemos muy bien ni lo que ocurre ni lo que ocurrirá finalmente. Vamos a la zaga de los acontecimientos, explicando mal lo que no sabemos explicar y esperando a ver lo que pasa. Lo demás son gestos para la galería y pérdida de tiempo. Gadafi vencerá a los insurrectos o perderá la partida mucho antes de que surta efecto el embargo de armas con que se le castiga en la ONU. La amenaza de llevarle ante un tribunal penal internacional y el bloqueo de sus cuentas en los bancos extranjeros reforzarán su voluntad de sofocar la rebelión por cualquier medio a su alcance. Lo hoy procedente sería la intervención inmediata para evitar más derramamientos de sangre. Pero las buenas palabras, como las buenas intenciones, no siempre superan la prueba del algodón.

Hay además un dato nuevo para desconfiar del optimismo de nuestros dirigentes. Se nos dice que los libios se han alzado contra la tiranía, y se habla de ciudades liberadas como ocurría durante la guerra contra la Alemania nazi. Y también se busca una similitud con nuestra transición democrática a la muerte de Franco. Se olvida así que los antecedentes históricos y los presupuestos políticos son muy distintos en la vieja Europa y en el mundo musulmán, donde los derechos fundamentales del hombre son todavía, hasta cierto punto, un producto de importación.

Las noticias de los últimos días son preocupantes. Primero llegan a la isla italiana de Lampedusa decenas de miles de tunecinos que huyen de no se sabe qué (pero cabe sospecharlo). Luego el presidente Berlusconi advierte de que pueden seguirles centenares de miles de libios. Los trabajadores egipcios regresan a su país precipitadamente. Se explicaría la huída de quienes tuvieran las manos manchadas de sangre, pero no la expatriación masiva de simples ciudadanos a los que a lo sumo se les podría culpar de haberse adaptado al régimen en que les había tocado vivir. A lo peor es que temen los arreglos de cuentas particulares y colectivos con la caída de Gadafi como pretexto. Todo es empeorable. Tras los déspotas de ayer pueden venir otros de distinto color pero no necesariamente mejores.

El dictador libio era, y tal vez siga siéndolo, el presidente del Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, no tanto por la gracia de Alá como por el apoyo de las grandes democracias occidentales. Casi un amigo del alma dentro de la Alianza de Civilizaciones. El terrorista español Josu Ternera también fue presidente del Comité de Derechos Humanos o algo similar en el Parlamento de Vitoria. Todo muy edificante.

En resumen, a moro muerto gran lanzada.