A remolque de los acontecimientos en Egipto

Salvo que todo estuviera pactado de antemano con el ejército, no se entiende bien que Mubarak renunciara a la presidencia de Egipto tan sólo unas horas después de haber proclamado por televisión su voluntad de seguir en el cargo hasta las elecciones del próximo septiembre. Quizás se haya puesto en práctica un plan B para el caso de que su mensaje de continuidad temporal no satisfaciera, como así ocurrió, a los manifestantes de la plaza cairota de Tahrir. Si la alocución no tuviese el éxito esperado, siempre sería preferible la marcha del rais de acuerdo con el ejército que una vergonzosa fuga que bien podría ir acompañada de violencia y terminar en un juicio por traición o corrupción.

Mubarak fue un militar prestigioso y no, ni mucho menos, lo peorcito entre los autócratas de los países árabes. Hasta producirse esta revolución pacífica tras el ejemplo tunecino, los políticos y los medios de comunicación occidentales habían tratado al líder egipcio como persona merecedora de respeto. No sería igual gobernar en aquellas tierras que en Estados Unidos o en la Unión Europea. Mubarak contribuía a la estabilidad de la zona desde que firmó la paz con Israel y, de otro lado, actuaría como dique defensivo contra el islamismo radical. Los Hermanos Musulmanes –cabeza en su día de aquella tendencia político-religiosa- habían quedado reducidos a una organización de ayudas sociales y poco más.

Hacer leña del árbol caído es tarea fácil y, además, serviría en esta ocasión para encubrir uno de los males endémicos de Occidente: el de ir siempre a remolque de los acontecimientos. Nuestros dirigentes políticos, y no sólo los españoles, han evitado hasta el último momento pedir la dimisión de Mubarak. Unicamente se le instaba a que él mismo acometiera cuanto antes las reformas demandadas por la oposición. Su renuncia a presentarse en las próximas elecciones, el adelantamiento de éstas, el cambio de ministros y el apoyo del ejército serían la mejor garantía para la ordenada transición hacia un régimen verdaderamente respetuoso con los derechos humanos y no hacia el integrismo islámico. O sea, Turquía como modelo en lugar de Irán o la Franja de Gaza.

Se creía que la marcha de Mubarak no era inevitable. Y ello pese a los muchos ejemplos de revoluciones con punto de no retorno, inercia acumulada y desenlace sin medias tintas. Alemania debería saberlo mejor que otros países por el recuerdo de lo sucedido con el socialismo real de la República Democrática. Honecker nombró como vicepresidente nada menos que al jefe de su policía secreta para iniciar la apertura democrática, pero no le sirvió de nada. El dirigente comunista acabó en Chile para morir de cáncer en casa de una hija. A diferencia de tantos demócratas dados a la rapiña, parece que no tenía cuentas en paraísos fiscales. En la España de 1974, el llamado espíritu del 12 de fracasó también como un proyecto que no satisfizo a nadie. Eran sólo dos pasos en la buena dirección.

Vayan para terminar tres pinceladas. Es curioso que los manifestantes egipcios confíen en un vicepresidente que fue, a su vez, el jefe de la policía a las órdenes del propio Mubarak. Los partidos gobernantes en Túnez y Egipto no han sido expulsados de la Internacional Socialista hasta hace un par de días. Y mientras tanto los parlamentarios españoles visitan en Malabo a quien no quisieron recibir antes en la Carrera de San Jerónimo por su condición de tirano sanguinario. O sea, un personaje a cuyo lado Mubarak fue un santo varón y ejemplar hombre público.