Inasequibles al desaliento

Créame el lector si le digo que la frase que encabeza este artículo –inasequibles al desaliento– me ha venido a la mente sin querer. Nada, pues, de intencionadas connotaciones con los tiempos pasados y sí sólo el recuerdo de una postura dogmática que pretende resolver cualquier problema con el salto adelante o el más de lo mismo. Algo así como una versión actualizada de nuestra proclividad al mantenella y no enmendalla. Me refiero al fracaso de la Ley contra la violencia de género en su faceta jurídico-penal.

No se trata de censurar de nuevo la aberrante discriminación negativa del hombre, que respondería, además de por sus actos, por un plus añadido de culpabilidad en atención a su sexo y a los pecados de sus antepasados varones. Lo que ocurre es que, pese a tal regulación, hoy mueren más mujeres que nunca a manos de sus parejas masculinas, ex parejas o pretendientes. Sería erróneo atribuir la escalada criminal a la sensación de injusticia que aquel planteamiento puede suscitar, pero alguien debería meditar sobre el nuevo fenómeno de que a la muerte de la mujer siga con frecuencia el suicidio o intento de suicidio por parte del varón. Sorprende, en todo caso, la insistencia en la receta que curaría todos los males: denunciar más y antes.

Bien nos vendría a todos algunas dosis de autocrítica. Mientras más denuncias haya, más difícil será seleccionar los supuestos en los que procede expedir de inmediato una orden de protección o alejamiento. No se olvide que hoy estos particulares delitos van desde el asesinato a la coacción leve de la mujer. Según el refrán, quien mucho abarca, poco aprieta. Y ciertamente, resulta más fácil predicar la tolerancia cero que distinguir en el tratamiento que a cada situación de riesgo corresponda.

El problema no se resuelve sólo con más denuncias. Si las mujeres, a diferencia de los hombres, no mintiesen nunca, y menos en esta materia, como sostiene el feminismo radical, cada año tendríamos decenas de miles de nuevos delincuentes, todos ellos varones, con una pulsera o una tobillera electrónica para controlar mejor sus movimientos. Y es que las cosas no son tan sencillas y, como recuerda el dicho popular, el camino al infierno está sembrado de buenas intenciones. Mejor sería preguntarse por la razón de que cada vez con mayor frecuencia el asesino se suicide después del crimen. A lo peor estamos haciendo algo mal. Eso, aparte de que aquellas medidas difícilmente evitarán el asesinato por muchos artilugios electrónicos que se utilicen para prevenirlo. Según las estadísticas, la décima parte de las últimas víctimas gozaban de protección especial.

Resulta, de otro lado, que el denunciar por una esporádica coacción leve o una amenaza también leve, cuando éstas conllevan una pena de hasta un año de prisión, puede no ser el mejor remedio para solucionar los problemas de una pareja con largos años de aceptable convivencia. La retirada de denuncias no se debe siempre a las presiones posteriores del varón. También la reflexión sobre los efectos desproporcionados de la denuncia puede jugar un importante papel si la mujer, en uso de su libertad, y quizás en interés de sus propios hijos, no quiere romper definitivamente el matrimonio o la relación de pareja.

Y para terminar, un par de preguntas. ¿Qué pasaría si los jueces, para evitarse críticas y denuncias ante la opinión pública y el Consejo General del Poder Judicial, concedieran todas las órdenes de protección o alejamiento que se les solicitasen? ¿Y si, por las mismas razones, condenaran siempre que la declaración de la mujer no se revelase acreditadamente como falsa? Es obvio que los jueces nunca actuarán así, pero de ese modo serían aplaudidos por quienes entonces dirigirían sus críticas contra el Ejecutivo en solicitud de más policías, más prisiones, más medios y más dinero.