Los acontecimientos de Egipto

Los disturbios callejeros se suceden en algunos países árabes como expresión de un descontento generalizado que puede llevar a procesos revolucionarios de incierto desenlace. Empezaron hace sólo unos días en Túnez, pero hoy su centro de gravedad se encuentra en Egipto. Allí se celebran multitudinarias manifestaciones contra el presidente Mubarak, que se aferra al poder mientras confía en la fuerza disuasoria del ejército. Los desórdenes públicos llegan a Jordania y el lejano Yemen. Y nadie sabe lo que puede ocurrir en Argelia o Marruecos, nuestros vecinos en el norte de África.

Poco nos habían informado los medios de comunicación sobre lo que venía cociéndose en esos países. Es ahora cuando –a toro pasado- nos explican detalladamente cómo el levantamiento popular contra unos regímenes dictatoriales y corruptos era más que previsible. Los políticos occidentales se contentan, como de costumbre, con llamar a la calma y desear lo mejor para todos. Sabían muy bien que los derechos humanos, o muchos de ellos, eran metódicamente conculcados, pero la “Realpolitik” aconsejaba cerrar los ojos. Peor sería la implantación del islamismo radical. Los negocios son los negocios. Con protestar contra la ablación del clítoris y el trato dado a los homosexuales cumplíamos el expediente. La plena sumisión de la mujer al varón y también la persecución religiosa, por poner sólo dos ejemplos, tendrían unas connotaciones religiosas y culturales a las que habría que aproximarse con prudencia.

La táctica del avestruz no ha servido para nada. Quizá no hubiera podido hacerse otra cosa, aplicando la doctrina del mal menor, pero el resultado es que vamos a remolque de los acontecimientos, descolocados e ignorantes de lo que ocurrirá finalmente. Queremos ver en los deseos de libertad democrática el motivo de las revueltas, como si la población empobrecida –y ofendida por la corrupción y el nepotismo de sus gobernantes- tuvieran más hambre de derechos fundamentales que del pan nuestro de cada día. El presidente Rodríguez Zapatero ha comparado la motivación de esas gentes con las que llevaron a nuestra transición democrática. No creo, sin embargo, que ese parangón sea correcto.

España no era a principios de los años setenta un país subdesarrollado. Ya por aquel entonces nos habríamos contado, económicamente hablando, entre los ocho primeros del mundo. Aquí no se trataba de comer mejor, o simplemente de comer, sino de homologarnos en términos democráticos con el resto de Europa Occidental. La situación en esos países árabes es muy distinta. Con muy reducidas clases medias, enormes diferencias económicas, escasa ilustración y nulos antecedentes democráticos, es casi seguro que su población renunciaría gustosamente a algunos de nuestros derechos fundamentales, así los referidos a la propia imagen, la libertad de cátedra e incluso las manifestaciones públicas, a cambio de un trabajo seguro y bien remunerado.

Estamos juzgando al prójimo como si sus preocupaciones fueran las nuestras. Como si eso de primero vivir y después filosofar fuera una antigualla, pero nos equivocamos. La filosofía –y no sólo la filosofía- es un lujo que presupone la satisfacción de unas necesidades primarias. El más importante de los derechos del hombre es el de poder alimentarse. Luego vendrán todos los restantes, matizados además en este caso por las firmes creencias religiosas de los musulmanes. No hay que ver con excesivo optimismo el futuro de nuestras relaciones con esos países árabes, hartos de soportar dictaduras que han contado en mayor o menor medida con nuestro beneplácito. Y a ello se suma, nos guste o no, el rechazo popular a nuestra intervención en Irak y Afganistán, donde la alianza de civilizaciones ha mostrado su verdadero rostro: el de la utopía carnavalesca.