La delación anónima

No se por qué, pero algún tufillo a Cuba sí que tiene la cosa. La Ministra de Sanidad no ha estado muy afortunada incitando a la delación anónima contra los infractores de la nueva ley del tabaco. Quienes, como yo, no hemos sido nunca fumadores activos, agradecemos que el legislador haya puesto coto al trágala de serlo pasivos a la fuerza. Quizás con un poco más de educación y de respeto al prójimo por parte de los aficionados al tabaco nos hubiéramos ahorrado la imposición coactiva de estas medidas, pero eso no significa que hayamos de aplaudir también algunos excesos de la regulación y dar por buenas, además, todas las ocurrencias de quienes han de aplicarla.

El alcalde de Valladolid ha detectado en el llamamiento de la Ministra Pajín a la delación peligrosos ecos de lo ocurrido en el régimen nacionalsocialista y, añado yo, en los estados autoritarios de toda calaña, con los comunistas en primer plano. La reacción pecó de exagerada y es, sin duda, políticamente incorrecta, pero no va descaminada del todo. También desde la izquierda se han alzado voces contra esa incitación. Valga de ejemplo –no único- las muy sensatas palabras del catedrático Pere Vilanova, que yo suscribo de la cruz a la raya: “No me cabe en la cabeza que se fomente la delación anónima, práctica que todos los regímenes más totalitarios han erigido en virtud cívica”.

El animar a la gente a la delación –siempre, por descontado, en aras del bien común- resulta discutible incluso en materias de mayor enjundia como, por ejemplo, la llamada violencia de género. Una cosa es la obligación de denunciar los delitos, como prescribe la ley de Enjuiciamiento Criminal, dando la cara y arrostrando las consecuencias de una falsedad, y otra muy distinta montar toda una campaña mediática, encabezada por la ministra del ramo, a favor de una delación anónima que no se detendría siquiera ante el estrecho parentesco entre denunciante y denunciado.

Malo es que la denuncia se transforme en chivatazo y abra un portillo al desahogo de los más bajos instintos. Quien obra por venganza, envidia o simple ánimo de causar daño, presumirá de actuar como un ciudadano ejemplar, servidor altruista de la ley y merecedor del reconocimiento público. También podría pensarse en sancionar a las personas que no cumpliesen con la muy solidaria obligación de denunciar.

El recurso a la delación generalizada del fumador en lugar prohibido es absolutamente desproporcionado. Las moscas no se matan a cañonazos. El fuego artillero debería dirigirse más bien contra el tráfico de influencias, la malversación, el blanqueo de dinero, la apropiación y otros delitos más o menos institucionalizados. Pero ningún otro ministro (o ministra) se ha adelantado a la señora Pajín para animar a la delación anónima en la delincuencia de toda la vida.