El AVE

Vaya por delante mi felicitación a Madrid y a Valencia, ampliable a todo el sureste español, por la inauguración de la nueva línea del AVE entre aquellas dos ciudades. Me alegra mucho que España disponga de una red ferroviaria de alta velocidad sin parangón en los consabidos países de nuestro entorno, y creo también que las buenas comunicaciones contribuyen en gran medida a una cohesión nacional muy amenazada en los últimos tiempos. O sea, que a las ventajas materiales en términos económicos y turísticos se unen otras, quizá mas importantes, de orden social y político. Resulta, además, que llevamos años desayunándonos con alguna mala noticia (más parados, mayor hundimiento de la bolsa, endeudamiento progresivo, pésimas noticias en el ámbito educativo, productividad bajo mínimos, competitividad escasa y un largo etcétera, con Grecia, Irlanda y Portugal como pesadillas de referencia), por lo que la buena nueva se agradece particularmente.

Pero dicho lo anterior, tal vez nos estemos pasando un poco con las celebraciones. Algún importante rotativo extranjero se ha apresurado a recordar –ignoro si con razón o sin ella- que el AVE español, al igual que buena parte de nuestras autovías, no responde tanto al esfuerzo nacional como a las ayudas, fondos o subvenciones comunitarias. Sería aconsejable salir al paso de tal información o desmentirla o matizarla debidamente, publicando los datos de verdad. Así, a la hora de repartir gratitudes no obraríamos a ciegas. Se comprende que determinados países de economía mucho más saneada que la nuestra se sorprendan al ver que les dejamos atrás con una modernísima red ferroviaria que para sí quisieran ellos.

Después, ya en términos caseros, convendría conocer los estudios sobre la rentabilidad de tan costosas inversiones. Puede que no sea lo mismo el AVE entre dos grandes capitales que un servicio de alta velocidad para cada capital de provincia. La economía al servicio de la política suele acabar de mala manera. Ahí están las Cajas de Ahorro, unas viables y otras ruinosas. Teruel, por ejemplo, existe, pero quizá no tenga derecho a una estación de AVE con cargo al erario público. Y quien dice Teruel, dice Soria o tantas otras ciudades –en Andalucía las hay a docenas- con una población superior. Me preocupa lo de ponernos a la cabeza del mundo mundial cuando la disponibilidad de medios no da comparativamente para tanto. Tras las inauguraciones vienen los gastos de mantenimiento.

Y una última observación. El AVE, las líneas aéreas y los hoteles de cinco estrellas están muy bien para quien puede permitírselos, pero hay mucha gente –y más ahora- que necesita medios de transporte y alojamientos más acordes con lo que gana –cuando lo gana- el español medio. La entrada en servicio del AVE no debe reducir la tradicional oferta ferroviaria con trenes más lentos pero también más económicos. No vayamos a terminar en una España clasista con dos velocidades.