Hermosos puentes en tiempo de crisis

Pensaba escribir sobre el escándalo del puente por el que transita buena parte de la población española desde el medio día del viernes, 3 de diciembre hasta el próximo jueves por la mañana, casi una semana más tarde. Mayor importancia tiene, sin duda, lo ocurrido con la huelga salvaje de los controladores aéreos, que llegó a paralizar nuestros aeropuertos, dañó seriamente la economía nacional y obligó finalmente a declarar el estado de alarma por primera vez desde que fue promulgada la Constitución de 1978. Pero los comentarios sobre el desaguisado de los controladores son tan numerosos que quizás convenga, aunque sólo sea por cambiar un poco de tema, ocuparse ahora de otro descontrol, este institucionalizado en nuestra cultura laboral.

A propósito del último episodio protagonizado por los controladores aéreos sólo me gustaría conocer algunos datos de los conflictos anteriores, puesto que de los viejos polvos suelen venir los lodos que lamentamos después. No es la primera vez que el caos se ha adueñado de nuestros aeropuertos porque los controladores enfermaban repentinamente. Nos gustaría saber cuántos fueron sancionados si es que en alguna ocasión se comprobó la falsedad del certificado médico y, si en su caso, se procedió penalmente contra el controlador y contra el facultativo. Los artículos 397 y 399 del Código Penal están allí para algo. España es un Estado de Derecho.

Y dicho lo anterior, volvamos a nuestro absentismo laboral, donde a las bajas injustificadas -y falsificadas- se suma nuestra maestría en la construcción de puentes como si se tratara de una condición natural del trabajador ibérico. La economía de mercado casa mal con estas prácticas porque reducen nuestra productividad, que ya era antes de la crisis muy superior a la media europea. Como es natural, los efectos nocivos de tantos días sin dar golpe se nota más en las actividades directamente productivas que en las organizativas o funcionariales. Pero viendo a media España tan alegre y confiada, como en la ciudad así calificada en un drama de Jacinto Benavente, cualquier visitante extranjero creería que se había equivocado de país. Ni rastro de preocupación por el día de mañana o por las tribulaciones de nuestra economía. Aquí, de barbas puestas a remojar –mirando de reojo a Grecia, Irlanda y Portugal- nada de nada.

La situación es tan delicada como nuestro comportamiento laboral es insensato. Mucho hay que ahondar en la idiosincrasia carpetobetónica para entender lo que está ocurriendo. Cabe, sin embargo, que todo se explique como una reinterpretación del singular ejemplo de San Isidro Labrador. Los ángeles araban para que el Santo pudiera dedicarse a sus rezos. Esta leyenda o historia, que no sería de recibo en los países protestantes, por ejemplo, ha pasado aquí sin problemas de generación en generación. Ahora sólo habría una adaptación a los nuevos tiempos. En lugar de rezar, disfrutamos del puente. Siempre contaremos con unos ángeles del cielo para tirar del arado. Mucho laicismo, pero seguimos creyendo en los milagros.

2 comentarios
  1. Miguelius says:

    Señor Ignacio
    del Rió.

    Supongo
    que habrá cobrado por esta felación
    presidencial. Hace gracia su defensa del señor Rajoy llamándole moderado al lo
    que otros llamamos incomparecí ente, no ha comparecido apara dar explicaciones sobre
    los casos de corrupción que no es que sean de su partido, es que le tocan de
    lleno, y que tilde de vació el programa de Ciudadanos es repugnante, puesto que
    en mucho mas concreto que cualquiera de los que han presentado jamás tanto PP como
    PSOE. Por no decir que total para incumplirlos por completo tampoco les ha
    causado mucho remordimientos.

    Seguramente el programa de ciudadanos no será
    el mejor jamás presentado, pero por lo menos ellos son capaces de hacer política
    sin tanta patada por lo bajo

  2. Tony Manolo says:

    La ciudadanía que se esfuerza y paga sus impuestos sabe muy bien qué significa capitalismo de amiguetes y liberalismo de “salón”, pues en realidad, en España se ha ido asentado una oligarquía corrupta al albor de las influencias políticas en el Estado, las autonomías y los ayuntamientos, hasta llegar a ser un hecho lacerante que ha dinamitado la justicia social y multiplicado la desigualdad. Otra vez anhelamos de nuevo ser europeos y abandonar este corrupto corral ibérico en el que lo han convertido los partidos del régimen de turno.

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