El inoportuno recuerdo de los crímenes del GAL

Por si no tuviéramos bastante con la Memoria Histórica sobre los crímenes de la Guerra Civil, en la que cada bando los cometió a discreción, el expresidente Felipe González ha considerado oportuno ilustrarnos acerca de los asesinatos y secuestros del GAL, una insignificancia en comparación con lo ocurrido hace 70 años pero, sin duda, la página más negra de nuestra recuperada Democracia. El olor de la sangre se mezcló entonces con la pestilencia de unas alcantarillas en las que, según se nos dijo, también había que combatir a los terroristas. Ahora, cuando parece que ya no es preciso descender a las cloacas para defender los intereses nacionales, este señor ha revuelto innecesariamente las turbias aguas del pasado.

Los comentaristas políticos no han conseguido detectar las razones para desenterrar aquellos lamentables episodios, como si hubieran de contribuir a mejorar la imagen pública del narrador. Me temo –y son muchos quienes coinciden conmigo- que ese propósito, de ser cierto, no se ha cumplido. Las controvertidas declaraciones afectarán de forma negativa a la valoración global de su estancia en La Moncloa. Los 27 asesinatos del GAL, el saqueo de los fondos reservados y la corrupción generalizada de las “filesas” de sus últimos años no deben hacernos olvidar los importantes éxitos obtenidos tanto en los tableros nacional e internacional. El expresidente habría sido en definitiva un hombre de Estado.

Las respuestas a las preguntas en la entrevista publicada por “El País” dan la impresión de pretender justificar lo que difícilmente tiene justificación. En realidad no la tuvo nunca. Ni cuando el Sr. González se despidió de Barrionuevo, Ministro del Interior, y de Vera, Secretario de Estado, a las puertas de la prisión de Guadalajara, ni menos todavía ahora, cuando resulta que acabaron apareciendo las pruebas que según el expresidente no habría jamás. Las condenas impuestas por el Tribunal Supremo fueron confirmadas sucesivamente por el Tribunal Constitucional y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Y el pueblo español había pasado página.

Quedó sin identificar la X que el Juez Garzón colocó en la cúspide de una trama inconcebible sin la coordinación de algún dirigente al más alto nivel. El líder de Izquierda Unida en el Congreso de los Diputados, Julio Anguita, llegó incluso a despejar la incógnita con el nombre y apellidos de quien, siendo presidente del Gobierno, aseguraba haberse enterado de todo por la prensa.

Así estaban las cosas, con los viejos recuerdos casi borrados por el transcurso del tiempo. Había como un acuerdo tácito entre todas las fuerzas políticas para no desenterrar el pasado. De ahí la sorpresa que produce su regreso a la actualidad nacional por decisión personalísima del señor González Márquez. Esta vez ya no vale contraatacar atribuyendo el escándalo a esos “descerebrados” jueces españoles con el “ganao” del Tribunal Supremo a la cabeza. Pero quizás la explicación de este curioso episodio no sea tan complicada después de todo. Un ilustre político, jurista y tertuliano ha hablado de síndrome de la primera página. A lo mejor lleva razón.