La multiculturalidad

La multiculturalidad no es un valor positivo por definición. Depende de cómo sean las culturas y de su aparición en una sociedad determinada. Hay una multiculturalidad consustancial con un país, según ocurre con las razas y culturas que ya convivían cuando nuestras viejas colonias en Hispanoamérica declararon su independencia. La población autóctona, la de origen español y los negros traídos de África eran realidades simultáneas. Pero la situación varía cuando, como sucede ahora en una Europa de raíces grecolatinas y cristianas, y celosa de los logros de la revolución francesa y del liberalismo, se produce la inmigración masiva de personas que tienen una concepción del mundo y de la vida distinta y, con frecuencia, excluyente.

Años atrás era de mal gusto –y en España políticamente incorrecto- advertir de los problemas que esta mano de obra plantearía en determinados supuestos según su país de procedencia. Lo progresista eran los papeles para todos, porque así lo demandaban por igual la solidaridad y nuestra historia no muy lejana como tierra de emigrantes, primero a América y luego a Centroeuropa. Ni una palabra sobre el fracaso en la lucha contra la inmigración ilegal. Y pocas acerca de cómo gracias a que los recién llegados hacían las faenas más penosas o peor pagadas, había también más españoles que podían quedarse en su casa cobrando el subsidio del paro. Una solidaridad forzada y al revés, de los emigrantes para con los españoles que no estaban por la labor, aunque la tenían allí mismo.

La inmigración excesiva desde países culturalmente muy distintos ha tenido consecuencias no siempre deseables. Baste mencionar como ejemplo el caso de Berlín, que tiene en el barrio de Kreuzberg una verdadera ciudad turca con cientos de miles de habitantes. Muchos de ellos ni hablan siquiera alemán ni les interesa aprenderlo porque no lo necesitan.

Angela Merkel, libre de nuestros habituales complejos, ha osado decir recientemente lo que pocos se atreven a repetir por estos lares. Que la multiculturalidad no es una bendición, que la inmigración ha de limitarse a un personal profesionalmente cualificado, que la integración pasa por el respeto a los derechos fundamentales proclamados en la Constitución y que el aprendizaje de la lengua y un mínimo conocimiento elemental de la historia y costumbres del país anfitrión son condiciones exigibles a todo inmigrante.

Los problemas ya estaban ahí en los años de las vacas gordas pero era más cómodo no verlos. Hubo un efecto llamada cuyas consecuencias se hacen sentir más en tiempos de crisis. Hoy tenemos regiones donde el paro ronda el treinta por ciento, o el cuarenta por ciento entre los jóvenes. Muchos españoles y extranjeros han perdido su puesto de trabajo con eso que algunos llamaron “desaceleración de la aceleración” de nuestra economía. Y cuando toca apretarse el cinturón, el desocupado busca apoyo entre los suyos, o sea, los de su religión, cultura y nacionalidad. El horizonte de la multiculturalidad no es precisamente rosa. Sólo que unos países son más realistas y menos hipócritas que otros.

Sobre el autor de esta publicación

José Luis Manzanares

Nació en 1930. Obtuvo Premio Extraordinario en la Licenciatura de Derecho por la Universidad de Valladolid (1952) y en el Doctorado por la Universidad de Zaragoza (1975).

Ingresó en la Carrera Judicial en 1954 y se jubiló como Magistrado de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo el año 2000. Es también Abogado del Estado (jubilado) y Profesor Titular de Derecho Penal (jubilado). Fue Vicepresidente del Consejo General del Poder Judicial entre los años 1990 y 1996. Desde 1997 es Consejero Permanente de Estado.

Amplió estudios en la Universidad Libre de Berlín Occidental y en el Instituto Max Planck de Friburgo.

Ha pronunciado numerosas conferencias en España, Colombia, Cuba, Alemania e Italia.

Ha publicado más de un centenar de trabajos jurídicos, amén de nueve libros, entre ellos dos Comentarios a los Códigos Penales españoles de 1973 y 1995, habiendo participado en otros diez de carácter colectivo. También ha traducido algunos textos jurídicos del alemán, entre los que destaca la última edición (la 4ª) del Lehrbuch des Strafrechts (Parte General) del Profesor Jescheck. Ha llevado durante años la Sección jurisprudencial del Anuario de Derecho Penal y Ciencias Penales. La misma labor desarrolló en la Revista “Actualidad Penal”, de la que fue Director durante algunos años, desde su primer número hasta su cierre el año 2003. Es también autor de unos comentarios en 2 Tomos al vigente Código Penal tras su reforma por la Ley Orgánica 5/2010, editados por Comares, Granada. Su último libro, publicado el año 2012 por la editorial La Ley, de Madrid, se ocupa de “La responsabilidad patrimonial por el funcionamiento de la Administración de Justicia”.

Ha colaborado en algunos periódicos nacionales, como ABC, Diario 16, La Razón, El Mundo, El País, La Gaceta de los Negocios, La Clave, Epoca y Expansión, y semanalmente, durante muchos años en Estrella Digital. También en la revista alemana “Juristenzeitung” y otras especializadas de México y Argentina.