La indefensión sexual de los treceañeros (y treceañeras)

Nos dice el polifacético Sánchez Dragó que mucho tiempo atrás tuvo relaciones íntimas con dos japonesitas de trece años. Y como cabía esperar, surgen de inmediato quienes piden a gritos su lapidación. No importa que el escritor se disculpe con los numerosos ejemplos de fabulación que la literatura universal ofrece. Una confesión es una confesión y, además, ésta se nos vende como autobiográfica. Ante una polémica así palidecen las grandes cuestiones de interés nacional. Las declaraciones de fulanito y menganita –o al revés, fulanita y menganito-, son un filón inagotable para los medios de comunicación. Hay réplicas, contraréplicas y opiniones diversas. Y mientras tanto nos olvidamos un poco de los parados, las tribulaciones de la economía y los nubarrones de una negociación con ETA o con su filial Batasuna.

Volviendo a las andanzas sexuales del escritor, reales o ficticias, ignoro si serían delictivas en el Japón, pero sí sé que no se castigan en España. El lector se sorprenderá pero eso es lo que hay, y conste que la cosa viene de atrás. Esta vez no sería justo endilgarle el entuerto al Código Penal de 1995. Naturalmente, el hecho es delito cuando se abusa de una situación de superioridad o el consentimiento se obtiene mediante engaño y, claro está, cuando se actúa con violencia o intimidación. Pero no son delictivas las prácticas sexuales libremente consentidas por un niño de trece años. Ahí se incluyen desde el leve tocamiento al coito normal -perdóneseme el calificativo- o los accesos carnales por otras vías.

Muchas han sido las voces que se alzaron contra la posibilidad de que una hija de familia pueda abortar sin autorización paterna cuando no ha cumplido aún los dieciocho años, que es el momento en que la Constitución sitúa la mayoría de edad. Nada he oído, por el contrario, contra la impunidad del adulto que cuenta con la libre decisión del treceañero. Se puede ofrecer dinero o se puede aprovechar el tirón mediático como ídolo de la juventud tras un concierto multitudinario. Entonces no habría engaño. Y, por lo que hace al abuso de superioridad, una reciente sentencia ha rechazado -con la consiguiente absolución- que haya de presumirse siempre entre el profesor de enseñanza media y el alumno.

A partir de la legislación vigente -y no sólo en el orden penal-, es difícil saber de qué medios dispondrían los padres para oponerse a este tipo de relaciones. Me temo que únicamente de sus buenas palabras y de poco más. Puesto que ya hay madres condenadas por dar a su vástago un simple cachete, no resulta atrevido prever otras condenas por detención ilegal si al niño se le prohibiera salir de casa el fin de semana. Los padres tienen deberes que no siempre podrán cumplir, porque nuestras leyes se lo impiden. En esta faceta básica para el buen desarrollo de la personalidad del niño contemplarán pasivamente cómo se materializa el peligro. Sólo les quedará el consuelo de que nadie les tachará de autoritarios y carcas.

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