La guerra de Irak

Sin los Estados Unidos de América es muy probable que Europa fuera hoy un continente nacionalsocialista o un conglomerado de países satélites de la Unión Soviética. En ambos casos seríamos súbditos de un régimen totalitario donde los derechos fundamentales únicamente serían, si acaso, la letra muerta de algún texto constitucional. Vaya esto por delante porque da la impresión de que algunos de nuestros demócratas de nuevo cuño no se lo han perdonado todavía. Son los mismos, o sus herederos, que jamás se preocuparon por la conculcación de tales derechos en los países de la Europa del Este.

Pero también la historia de los Estados Unidos tiene borrones. Su lucha por la libertad, aun respondiendo básicamente a la defensa de sus convicciones, ha estado unida con demasiada frecuencia a sus intereses económicos. Recordemos, en un pasado no muy lejano, las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, con decenas de miles de víctimas civiles, ancianos, mujeres y niños, unos achicharraros y otros literalmente desintegrados. A los vencedores no sólo no se les juzgó en Nüremberg o Tokio, sino que algunos de sus crímenes, como el de los diez mil oficiales polacos asesinados y enterrados en el bosque de Katyn, se los atribuyeron a los vencidos. También las buenas causas -y el comunismo soviético no lo era- suelen ir acompañadas de episodios deplorables, cuando no de crímenes horrendos.

La nueva filtración de Wikileaks sobre las atrocidades en la guerra de Irak no puede cogernos de sorpresa. Quizás sí la cifra de 66.000 civiles muertos, pero no el hecho de que en estos conflictos contra un enemigo invisible no sean siempre los combatientes quienes se llevan la peor parte. El bombardeo indiscriminado de una ciudad o de un barrio depende del alto mando, pero éste nunca podrá evitar por completo las tropelías de algunos soldados contra la población indefensa.

Un día se escribirá la crónica negra de la guerra de Afganistán. Poco a poco, como ha sucedido con los horrores de Guantánamo. Naturalmente, la potencia que aporta más soldados tiene también más posibilidades de ser señalada con el dedo acusador. Pero la ignominia de la guerra sucia alcanzará a los demás ejércitos aliados. En el recuerdo de los iraquíes o de los afganos quedará, sin muchos matices, la invasión de unos ejércitos de infieles que quisieron imponerles por la fuerza su propia escala de valores personales, sociales e incluso religiosos. Ojalá me equivoque, pero temo que un día nos iremos de aquellas tierras como la Unión Soviética hace unas décadas. O sea, dejando un gobierno que, tachado de colaboracionista, acabará en la horca. No se escandalice el lector. La memoria histórica nos dice que así ocurrió la última vez.

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