El ejemplo chileno

Chile ocupa un lugar privilegiado entre los países de Hispanoamérica. Ahí está su Historia, empezando por los araucanos, que siguen siendo un importante componente de su población. A los españoles se sumaron luego inmigrantes de toda Europa hasta conformar una sociedad culta, avanzada y, salvo el paréntesis de Pinochet, muy estable y democrática. Aunque aprisionada en una larguísima franja territorial entre los Andes y el océano Pacífico, más aislada que la Argentina y con menos recursos naturales, su desarrollo nada tiene que envidiar a los de los más avanzados países de habla española. Hicieron, desde la dictadura, una transición modélica que, a diferencia de la nuestra, se ha ido consolidando con el tiempo. Su economía, en manos de competentes profesionales –y no de “brujos trasandinos” o de políticos analfabetos-, se sitúa entre las más prósperas al sur del Río Grande. Y del patriotismo y sentimiento ciudadano de sus gentes da testimonio, por si hiciera falta, el salvamento de los trabajadores sepultados en la mina San José, allá por las desérticas tierras de Atacama.

Treinta y tres hombres encerrados a 700 metros de profundidad. Una operación de rescate perfectamente organizada. Un resultado feliz, antes incluso de lo que se había pronosticado. Una convivencia ordenada entre los enclaustrados. Una continuada manifestación de responsable solidaridad en el campamento de superficie y en sus alrededores. Familiares de los mineros, autoridades y planificadores del rescate, unidos por un empeño común. Y todo rodeado de una envidiable serenidad, sin los griteríos tan habituales en otros países que se consideran más civilizados, más avanzados y más del primer mundo.

Sólo ahora, cuando todos los mineros se encuentran a salvo, se alzan voces pidiendo la depuración de responsabilidades, si las hubiera, y una mejor regulación de las medidas de seguridad para que no se reproduzca lo ocurrido. No ha habido, o a nosotros no nos ha llegado, esa deriva que en otros países, España por ejemplo, procura en primer término rentabilizar políticamente cualquier suceso de esta índole.

Tras el rescate, los mineros hablaron en un perfecto castellano –español, dicen ellos- que sintonizaba bien con la solemnidad del momento. Nada que ver con las expresiones barriobajeras y las concesiones a la galería. El Presidente Piñera, con una naturalidad poco común, repartió abrazos entre el flamear de banderas chilenas. Luego cerró el acto con una digna alocución libre de tópicos y de lugares comunes. Todo lo contrario de la escenificación barata y gesticulante que tanto se usa en otros pagos. También se abstuvo de esa originalidad tan nuestra que consiste en acentuar como esdrújulas las palabras que no lo son. Me he acordado mucho de esa Castilla la Vieja que cantaron Ortega, Azorín, Unamuno y tantos otros.

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