Una huelga podrida y antidemocrática

No es posible saber el grado efectivo de seguimiento de una huelga, general o sectorial, cuando no se ha respetado el derecho de todo trabajador a no participar en ella. Tanto, que sería bueno poder preguntar después a los supuestos huelguistas si se quedaron en casa por su libre voluntad o, sencillamente, por temor a los piquetes pretendidamente informativos. Los comerciantes echaron, una vez más, el cierre de sus establecimientos al acercarse los piquetes y lo levantaron luego, pasado ya el peligro para las cosas e incluso para las personas. Y se comprende fácilmente que los padres dejasen de llevar a sus hijos al colegio porque se exponían a perder el tiempo y, además, nadie les garantizaba los servicios mínimos del transporte urbano. De nuevo, la memoria histórica del hombre corriente.

Las coacciones son un delito contra la libertad individual y también, en el presente caso, contra el derecho constitucional al trabajo. Bueno es, sin embargo, no hacerse ilusiones sobre las condenas que deberían recaer sobre quienes decidieron que en Madrid, por ejemplo, no saldría de las cocheras municipales un solo autobús. Grupos de matones apenas disfrazados de piquetes informativos obedecieron la consigna proclamada días antes por un sindicalista de pro: pararemos Madrid por las buenas o por las malas. Al menos, las viejas bandas de la porra no anunciaban sus propósitos en los medios de comunicación. O sea, que tenían más vergüenza.

Dada la experiencia de cuantas huelgas generales se han convocado desde la Transición, sorprende que el legislador español no haya establecido para ellas un periodo de reflexión como sucede con las elecciones. Es absurdo que en la era de la radio y de la televisión, por no hablar de la prensa y de las reuniones más o menos multitudinarias, haya que continuar informando deprisa y corriendo –y con insultos y amenazas si se tercia-, el día mismo de la huelga. El derecho a trabajar se completa con el derecho a recibir información sólo cuando uno desee. Este periodo de gracia, tomado en serio, permitiría conocer de verdad si la respuesta a la convocatoria habría sido un triunfo o un fracaso. Y nos ahorraríamos el bochorno de tanta impunidad para una delincuencia que atenta simultáneamente contra la voluntad individual y la colectiva en una cuestión de interés nacional.

El resultado de una huelga en las actuales circunstancias es tan escasamente democrático como lo sería el de unas elecciones con piquetes coactivos de última hora, manifestaciones callejeras, insultos, abucheos, silicona en las cerraduras de bancos y comercios, rotura de escaparates y otros actos de vandalismo contra quienes no sigan de buen grado la convocatoria.