Tontoparlantes y tontoparlantas

A los españoles nos gusta jugar con el lenguaje, acuñando palabras o pergeñando frases de pretendida originalidad. Los padrinos de la criatura suelen ser la vanidad y algún complejo. Y a veces hay reproducción asistida, así en el caso de aquel vicepresidente que, cuando la expropiación de Rumasa, dio el grito de “todo para el pueblo”, como si se le hubiera ocurrido de improviso.

Un ministro nos explicó que la tragedia del aceite de colza se debía a un bichito que se mataba cuando caía al suelo. Una ministra, a la que eso del apartamento pequeño, para vender o alquilar, le debía parecer muy ordinario, se inventó lo de “las soluciones habitacionales”, que es lo mismo pero más ampuloso. Otra enriqueció el galimatías lingüístico del feminismo radical con las “miembras” del Gobierno y, no satisfecha con el invento, expresó sus dudas sobre la naturaleza humana del feto, o sea, del feto humano, para entendernos. Un conocido político homosexual proclamó en público que su jefe político le proporcionaba orgasmos mayores aún que los disfrutados con su marido. Y otra política de primera fila nos anunció el acontecimiento planetario de la coincidencia de los presidentes Obama y Rodríguez Zapatero en la gobernación del mundo mundial. Valga la redundancia en honor de Felipe González, que la utilizaba a toche y moche. El mismo que hizo de la palabra “sólidaridad”, con acento en la “o”, un comodín de todo discurso, alocución, conferencia, entrevista o artículo de opinión.

La presunción de inocencia, el talante, el optimismo antropológico, la alianza de civilizaciones, la economía sostenible, los observatorios de la violencia doméstica (o de lo que sea), las leyes integrales, y las soluciones transversales, así como el uso en vano de la Constitución y de la palabra Democracia, son hoy ingredientes indispensables de nuestra dieta mediática, a caballo entre la expresión hueca y la pedantería de baja calidad.

Lo malo es que, antes o después, la realidad sale a la superficie sin que los artificios hayan servido para mucho. El fenómeno es muy nuestro. Tenemos políticos que disfrutan haciendo declaraciones sobre cualquier tema y en cualquier momento. Con prisas y sin pausas, como decía el otro, la cosa es hablar, en la línea oficial del partido o improvisando. Nos encanta sorprender –y más aún epatar- con nuestro privilegiado ingenio. Naturalmente, entre los tontoparlantes se cuentan también personalidades del mundo del corazón. Pero no es lo mismo.