Gibraltar

La contestación catalana a la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el nuevo Estatuto se expresa en términos de soberanía. Quienes se consideran nación han de aspirar consecuentemente a decidir su propio destino en lo universal, según el conocido dicho de José Antonio Primo de Rivera. Hemos llegado a un punto en el que la unidad de España corre serio peligro a poco que la clase política de aquella Comunidad Autónoma cuente con el respaldo de su población. Por el contrario, la recuperación de Gibraltar ha entrado en una fase letárgica, como si nos hubiéramos resignado a convivir con el expolio de hace casi tres siglos. Nuestra mayor preocupación ya no es la recuperación del Peñón sino mantener la integridad de lo que nunca dejó de ser España.

Hablaremos de Gibraltar, pero conviene meditar sobre lo que han cambiado las cosas, históricamente hablando, en un abrir y cerrar de ojos. España se encuentra a la defensiva porque hemos conseguido con una perseverancia digna de mejor causa, mentalidad de campanario y egoístas políticas de corto recorrido, que la amenaza del separatismo sea hoy mayor que nunca. La España plural se ha convertido en la socorrida alfombra bajo la que los optimistas profesionales pretenden ocultar la inquietud que producen las demandas de soberanía para una nación catalana supuestamente oprimida desde Madrid.

Tal vez sea una fruslería dedicar en ese contexto unas líneas al contencioso de Gibraltar, pero por fin vamos a hacerlo antes de que se nos acabe la columna. Eso sí, modestamente y en relación sólo con las aguas de la bahía de Algeciras, discutidas y, como diría el otro, discutibles. El Tratado de Utrecht no reconoce a la colonia otras aguas que las de su puerto, pero los ingleses las extendieron hasta una milla y media. Si las patrulleras de nuestra Guardia Civil no respetan aquel límite, nos echan pura y simplemente porque son los más fuertes. “Quia nominor leo”, que decía el fabulista. Y aquí entra en juego la memoria histórica.

Cuando arreciaban nuestras reivindicaciones en tiempos de Franco y nos quejábamos también de la ocupación unilateral de la parte sur del istmo y de las aguas de la bahía, el Reino Unido dio una doble respuesta. De descolonización, con la Naciones Unidas o sin ellas, nada de nada mientras se opusieran los gibraltareños, pero los problemas territoriales, incluido el marítimo, podrían llevarse a la Corte Internacional de la Haya o resolverse en un arbitraje. Franco replicó, muy digno, que con la descolonización se resolverían todos los problemas a la vez. Y hasta ahora. Los ingleses siguen disfrutando del istmo y de las aguas. Quizás retomando aquella oferta ganásemos algo de lo que hoy, de hecho, hemos perdido en su totalidad.