La nacionalidad discutida y discutible

No hay ninguna errata. El concepto de nacionalidad es tan discutido y discutible, o más, que el de nación en las palabras, discutidas y discutibles también, que un día se le escaparon a Rodríguez Zapatero. El presidente no podía imaginarse que su doctoral afirmación daría tanto juego. Seguramente le traicionó su debilidad por las expresiones ingeniosas. El optimismo antropológico o la geometría variable, por ejemplo.

Sin embargo, ni sus peores enemigos podrán decir que el problema de las relaciones entre nacionalidad y nación se encuentre entre los que nuestro presidente ha creado por su cuenta para intentar resolverlos después con discutible acierto. El origen de la polémica se halla en la Constitución, en el Diccionario de la Real Academia, en el solapamiento que se produce entre ambos términos y en el uso de la palabra nacional como adjetivo común. La discusión semántica se ha convertido así en una cuestión de Estado que pone en peligro la configuración territorial de España.

La Constitución de 1930 abordó prudentemente el hecho diferencial mediante la configuración de “un Estado integral, compatible con la autonomía de los municipios y de las regiones”. La autonomía se predicaba por igual de las regiones y de los municipios dentro de ese Estado. No había resquicio alguno para avanzar hacia el federalismo o la confederación. Con la Constitución de 1978 las cosas cambian, y no para bien. Según su artículo 1.2, “la soberanía nacional reside en el pueblo español”, pero el artículo 2, tras proclamar que “la Constitución se fundamenta en la indiscutible unidad de la Nación española”, reconoce “el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que las integran”. La confusión comienza cuando el artículo 11 utiliza la palabra nacionalidad para referirse a la adquisición de la “nacionalidad española”. Las definiciones de nación y nacionalidad en el Diccionario de la Real Academia no contribuyen mucho a marcar las diferencias.

La Constitución fue fruto del consenso, pero era previsible que el distingo entre regiones y nacionalidades se trasladase de inmediato a las Comunidades Autónomas, con unas de primera categoría y otras de segunda. Pero lo más peligroso de la palabra nacionalidad es que puede interpretarse como un conato de nación y desde ahí se avanzaría hacia la Nación, con mayúsculas, sustrato a su vez de un Estado propio.

La gente sabe bien lo que es una nación, o una región, pero no lo que sea la nacionalidad. Y para complicar las cosas, cuano a uno le preguntan por su nacionalidad -en un impreso o al cruzar la frontera-, contesta remitiéndose al Estado. Resulta, además, que las banderas e himnos de las Comunidades Autónomas serán nacionales, porque del sustantivo nacionalidad no se deriva ningún adjetivo semejante. Los nacionalistas dirán que si se llaman nacionales será porque se predican de una nación. El círculo se cierra.