El control de los controladores

De mi paso por las milicias universitarias me han quedado dos enseñanzas y un verbo. Orden más contraorden igual a desorden, reza la primera. La segunda definía al observador como la persona que observaba sin ser observada, lo que se prestaba al chiste fácil de que la función del explorador consistiría en explorar sin ser explorado. Como a los huéspedes de la pensión en el relato “Inmoral” de Fernández Flores, cuando introducían el tapón de corcho en la botella de vino, la frase nos producía un cierto placer venusino. En cuanto al verbo escaquear, justo es reconocer que también vale para la vida civil. Hoy, del observador que observa sin ser observado pasamos al controlador que controla sin ser controlado.

El gran mérito de los controladores españoles no es, sin embargo, que controlen sino que hayan llegado al año 2010 sin ser controlados, o casi. Ganan mucho más que cualquier otra persona de igual titulación y, por descontado, mucho más que el Presidente del Gobierno. No llegan a codearse con los pilotos de la Fórmula I, los futbolistas de la selección nacional o los grandes mitos de la canción que hacen su agosto en cualquier mes del año, pero poco a poco, a la chita callando, han acortado distancias. Con la ventaja añadida de tener un puesto seguro y una buena jubilación. Pasan desapercibidos, como las mujeres decentes, hasta que les toca defender sus intereses económicos -ellos hablan de derechos- con la huelga de rigor, o sea, dando patadas en el culo de terceros. No sólo sufren las consecuencias AENA o el Ministerio de Fomento, sino en primer lugar los pasajeros convertidos en rehenes.

Hasta ahí podrían hallarse semejanzas con la actuación de otros colectivos, aunque las comparaciones sean odiosas en general y éstas, para ellos, los controladores, en particular. Me refiero a los taxistas y a los conductores del metro, por ejemplo. Pero todo lo relativo a los controladores aéreos -los civiles, por supuesto- es como muy suyo.

Nadie entiende muy bien por qué se les ha permitido hacer tantas horas extraordinarias, con el estrés que ello comporta, en lugar de aumentar la plantilla. Nadie se explica la razón por la que, según nos informan desde el Ministerio de Fomento, cobran bastante más que los colegas de otros países de la Unión Europea pese a que rinden menos. Nadie atisba la razón para que sus ingresos sean varias veces superiores a los de los controladores militares. Nadie comprende que la seguridad del tráfico aéreo no se resienta cuando, como ha ocurrido estos días, el 40% de quienes debían controlar los vuelos en un gran aeropuerto nacional falta porque están de baja o sufren una indisposición repentina. Si es por estrés, uno pensaría que el soportado ahora por el otro 60% les inutilizaría en cuestión de horas.

No es fácil acabar con los certificados médicos de conveniencia. Si el honrado trabajador insiste en que se encuentra mal y no puede asumir ese día –o esos días o esas semanas- la responsabilidad de un control eficiente del tráfico aéreo, la responsabilidad por lo que ocurra se desplaza hacia el galeno que no esté absolutamente seguro de la farsa. De donde se concluye que la vergüenza torera sigue siendo el pilar básico de toda profesión que se precie. El resto es cuestión de dinero.