Orgullo Gay

Nadie me obliga a contraer matrimonio homosexual o a emparejarme con varón. Tampoco a desfilar ligero de ropa en carroza multicolor o a dar brincos por la calle entre pancartas reivindicativas y algún que otro abrupto contra la Iglesia Católica, el Papa, los obispos y los curas. De ahí que, a salvo los insultos, nada tenga que objetar a este festejo colorista. Eso sí, me sorprende su respetuoso silencio frente al Islam y los países donde los homosexuales sufren persecución e incluso son condenados a muerte. Alguien debería explicarse. En fin, uno puede hacer lo que guste con sus encantos corporales, su alegría desbordada y su afición al carnaval. Basta con que respete al prójimo.

No me parece bien que, según dicen, algunas decenas o centenares de vecinos de Chueca, incluidos los enfermos y las personas necesitadas de descanso, tengan que ausentarse unos días de sus casas para no soportar el jolgorio, pero ese “trágala” es consustancial a muchas de nuestras celebraciones populares desde mucho antes de que los gays irrumpieran con esta vistosa y ruidosa manifestación de su particular orgullo. Y lo mismo pasa con la retirada de toneladas de basura a cargo del contribuyente. Sigo, pues, sin poner al espectáculo un pero digno de mención. Lo que no acabo de entender es el orgullo por ser así en lugar de heterosexual. O por ser rubio, moreno o pelirrojo. También me cuesta trabajo comprender que el haber nacido aquí o allá sea un mérito para fardar un poco. Todo esto me recuerda los viejos chistes del señor empeñado en decirnos que nació en Bilbao para oprobio y vergüenza de quienes no tuvieron tanta suerte. 

De todas formas, y puestos a presumir de algo, se me escapa la razón por la que no haya celebraciones paralelas del orgullo heterosexual. Igualmente con escasez de ropa, saltitos, besos y abrazos. Habrá que preguntarse si es que los heterosexuales -y heterosexualas- carecen de orgullo, se sienten más feos o feas, tienen peor planta o, simplemente no quieren carnavales a destiempo. Pero quizás ocurra que en los festejos del orgullo gay participen más heterosexuales que homosexuales. Unos y otros en proporción similar a los que prefieren quedarse en casa. Ese sí que sería un dato revelador de la igualdad de sexos, o de géneros, y de la no discriminación de nadie por sus preferencias sexuales. Los tiempos cambian y hoy el significado de esta manifestación no puede ser el mismo de hace sólo unos años.