La prohibición del “burka”

El burka es sólo una manifestación extrema de la posición que la mujer ocupa en la religión musulmana. Ni con la mejor voluntad es posible encontrar en el Corán el menor atisbo de igualdad entre el hombre y la mujer. Huelga espigar algunas suras particularmente escandalosas para el pensamiento occidental. Todo el libro sagrado es una muestra de discriminación por razón del sexo. La Alianza de Civilizaciones -que no de Culturas- no presupone compartir una misma concepción del mundo y de la vida, pero sí, para nosotros, el respeto a los derechos humanos que recoge la Declaración Universal de la Asamblea de las Naciones Unidas, de 1948, simple papel mojado en muchos de los países firmantes.

Problemas como el del “burka” surgen cuando pretendemos exportar nuestros propios valores a todo el orbe y, en especial, cuando aquéllos empiezan a correr peligro, de puertas para adentro, por una inmigración masiva con numerosas personas que no quieren adaptarse a los usos y costumbres de los infieles. La religión musulmana regula también el comportamiento social de los creyentes y ya hay concentraciones de población musulmana que, más que “ghettos”, son nuevas ciudades a imagen y semejanza de las de procedencia. Los cambios se limitan al disfrute de los últimos adelantos técnicos, al nuevo marco de relaciones laborales y a poco más.

La cuestión del “burka” no se resuelve con su prohibición en algunos ámbitos, porque el tratamiento de los síntomas no basta para erradicar el mal. Es erróneo ver en el uso de tal prenda, por encima de cualquier otra consideración, una conducta que impide la identificación del individuo -o mejor, de la individua- en cualquier momento o, al menos, en los espacios públicos. Ese deber no existe. Los pasamontañas, por ejemplo, no están prohibidos, como tampoco las gafas y cascos de los motoristas. Otra cosa es que la policía se halla autorizada para pedir a cualquier persona que se identifique, y hasta pueda, si fuera necesario, solicitar el acompañamiento a la comisaría con la finalidad exclusiva de practicar esa diligencia. O que en algunos lugares se vete la entrada con o sin determinados atuendos, como sucede en las iglesias, en los ayuntamientos, en un juzgado o en algunos establecimientos hoteleros.

La prohibición del “burka” suscita también otras preguntas relacionadas con lo que se ha dado en llamar efectos colaterales. ¿Se impondrá la multa a la mujer o a quien se supone que la obligó a llevarlo? Una presunción no es una prueba. ¿Y quién la protegerá para que no tenga que quedarse en casa? ¿Habrá detención ilegal si declara que por propia voluntad y de acuerdo con sus creencias no quiere pisar la calle a cara descubierta?